viernes 2 de abril de 2010

.221.

El amor nos dio cocodrilos*


para Fernando Motilla Zarur, que tanto ama a los animales


Zam y yo queríamos una casa con amplios ventanales, con vista a un jardín grande, en el que se pudieran sembrar tulipanes, colgar un columpio de un árbol y poner juegos infantiles. Lo que conseguí fue una casa pequeña con cochera, un jardín, muebles y una cocina con estufa de encendido electrónico. Compré un televisor, un estéreo que tocara las composiciones de Vivaldi para nuestro primer hijo. Compré lámparas de luz blanca para iluminar las habitaciones y el estudio.
Ella quería una niña y que se llamara Naora. Pintó una recámara de color rosa, con muñecas rusas por todas partes. Adornó la cuna con encajes y lino. La alfombró de ranas de caricatura. Puso en el techo estrellas de plástico que brillan en la oscuridad y compró vestidos con listones a la cintura, diademas y moños para el cabello.
Yo quería que fuera niño y se llamara Yoili. Compré una mochila, una gorrita para el sol, un guante de béisbol, un triciclo rojo, camisas de los muppets y decoré otra recámara con súper héroes. Le pinté un globo aerostático, un sol y una luna en el techo. Decoré el piso con una alfombra de Superman y a la cuna le mandé bordar el dragón blanco de Historia sin fin. Cuando creciera le regalaría libros de ciencia ficción para que dibujara a los personajes que habitan en esas historias.
Hicimos de la casa un castillo para niños. Al terminar de adornarlo, de ponerle esmalte a las paredes y azulejos a la sala, nos sentamos para descansar y preguntarnos: ¿qué irá a ser el futuro miembro de la familia?; ¿niña o niño?; ¿se llamará Naora o Yoili?; ¿le gustará estar conmigo en el estudio aprendiendo a leer y a escribir?; ¿preferirá aprender números, álgebra y raíz cuadrada con Zam?
Lo mejor será un hombrecito, le dije a Zam, un niño para comprarle un cachorro de chihuahueño que lo acompañe al jardín para que juntos se balanceen en el columpio. Cuando no estemos, la mascota le hará compañía. Pero Zam amaba a las niñas, quería un pequeño toque femenino en la casa. “Es bueno ver dibujos de muñecas, colores rosas, cabellos largos peinados por un peine de carey y un oso grande en lugar del perro chihuahueño”, decía ella.
Cerca del otoño visitamos al ginecólogo para realizar las pruebas de embarazo. Pasaron pocos días y regresamos al hospital. Zam estaba nerviosa. A mí muchas preguntas me llenaban. Tomamos el carro. Hacía mucho aire en las calles; de los árboles caían hojas secas y ramas. El viento nos trasladó hasta el hospital como si el vehículo fuera una bolsa de plástico: volamos junto al viento.
Entramos a la clínica. Intranquilos, caminamos por maternidad. Cerca de la sección de pediatría Zam se mostró insegura. Traté de tomarla de la mano, pero corrió por los pasillos como si fuera una niña que en momentos volteaba para animarme, sonriente. Imaginé que la cigüeña nos estaba esperando en el consultorio del ginecólogo y que de su pico colgaría un bebé envuelto en una manta. Zam se veía impaciente; volteaba a todas partes. Aceleré el paso para tomarla del hombro. Volvió a dejarme atrás y se detuvo frente a la puerta del consultorio. Entró sola. Me quedé esperando en el área de las incubadoras, donde reposan esos pequeños seres que aún no abren los ojos. Los vi algunos minutos. ¿Qué eran esas criaturitas dormidas en esas camas térmicas? ¿Cuerpos indefensos y frágiles? ¿Réplicas de adultos en miniatura? ¿La debilidad del ser humano?
Tomé la perilla de la puerta del consultorio. Escuché la voz quebrada de Zam. Solté la perilla. Zam lloraba. Exhalé. Miré el techo del hospital. Al bajar la vista llegó un miedo desconocido. Crucé la puerta guiado por ese miedo. Le estreché la mano al doctor y abracé a Zam; se encontraba sentada en una silla, tenía las manos cubriendo su rostro y parte del cabello.
“Es verdad”, dijo el ginecólogo, “ustedes no pueden tener hijos. ¿Ha tenido usted un aborto quirúrgico?”, preguntó. Hubo un silencio. Zam lo rompió: “Sí, hace varios años”.
La noticia me consternó.
El aborto de Zam había sucedido cuando estudiábamos en la preparatoria. El hijo era mío. Ella me lo ocultó. De manera solitaria se dirigió a una clínica clandestina y pagó la intervención con el dinero que tenía para costear su universidad. Nos distanciamos un tiempo, ella lo pidió. En las clases se la veía pálida y demacrada. Bajó de peso y perdió ánimo. Comenzó a verme con reticencia cada vez que platicábamos. Cuanto más le preguntaba por qué su cambio de actitud, más se alejaba de mí. Pensé que estaba saliendo con otra persona. Nunca pasó por mi cabeza la idea de un posible aborto. Duramos separados tres años, sin saber nada el uno del otro. Una tarde me buscó y pidió que volviéramos. Pero jamás aclaramos el motivo del abandono.
Aún en el consultorio, el médico prometió ayudarnos: “Tenemos que trabajar en resolver el problema. Tendrá que venir a consultas cada fin de semana para seguir un tratamiento”. Trazó un calendario en unas hojas; nos informó sobre cuánto tiempo debería someterse Zam al tratamiento.
Después nos marchamos de la clínica. No sabía cómo tomar las cosas. Estaba confundido. Todo era mi culpa. Intenté cavar en el pasado. Cavar entre esa desazón que alteraba el presente. Cavé sin encontrar salida, sin encontrar respuestas que repararan el daño.
—Soy yo quien hizo que no funcionaran nuestros planes.
—No estaba en ti detener mis decisiones —aclaró Zam—. El no depender el uno del otro es la fórmula con la que se conservan las relaciones de pareja. Si te hubiera dicho que estaba embarazada, ¿qué hubieras hecho tú, un estudiante iluso, con los pies lejos de la tierra y sin un centavo encima? Dime, ¿hubiéramos vivido juntos por compromiso?, ¿por una automatizada responsabilidad? Yo te vería con recelo y te culparía todo el tiempo por haber desgraciado mi vida.
Seguimos caminando rumbo al carro. No hallaba qué decir. Necesitaba pensar. Pero pensar es una manera de corregir imaginariamente el pasado. Cualquier mujer hubiera actuado así al tener el tiempo encima. Entre más hubiera tardado, más hubiera crecido el feto en sus entrañas. Era una lucha contra tiempo y la moral. Una lucha que nos marcaría de por vida.
—Hay que seguir las instrucciones del médico; quizá haciendo otro intento formemos una familia como deseamos.
Su cara palideció. Se soltó a llorar. Subimos al auto y la llevé a dar un paseo. Sus lágrimas no cesaron. Detuve el carro en el estacionamiento de un zoológico e intenté consolarla. No quería que la cubriera con mis brazos; mantenía las manos en su vientre, lo apretaba. Me miró y el llanto anunció la derrota. Una derrota definitiva.
Aguardamos.
Un silencio molesto viró en nuestro entorno.
Bajé del coche. La tomé de su mano para dirigirnos a la entrada del refugio de cocodrilos. Pensé que podía distraerse viendo animales. Limpié sus lágrimas con mi índice. Comenzó a tener calma. Nos dirigimos a un lago donde nadaban crías de cocodrilo. No había gente al rededor. Me aseguré de que nadie me vigilara y saqué del agua a uno de los reptilillos con cuidado. Lo tendí a las manos de Zam como un obsequio. Ella lo llevó a sus labios para besarlo y acariciarlo con la suavidad de su rostro, como si acabara de encontrar un hijo perdido.
—No puedo —dijo al regresar el pequeño cocodrilo al agua—. No se sentirá bien con nosotros.
No la contradije.
—Vámonos —prosiguió Zam tomándome del brazo—, se hace noche.

Zam comenzó el tratamiento médico. Le encontraron cáncer en la matriz. Un cáncer que mataba nuestro deseo de traer un bebé al mundo. Nos sentimos derrotados por la enfermedad. Zam sentía que cambiaría el rumbo de nuestro futuro; quizás una separación. No quería que la viera sufrir cuando se sometiera al yugo de las quimioterapias.
El castillo era demasiado grande para nosotros. Zam perdió la esperanza de que algún día se ocuparan aquellas recámaras decoradas con tanto esmero. La depresión y la soledad terminaron con ella. La encontré una noche desplomada en el suelo del cuarto. En una de sus manos tenía un botecillo de Citalopram. La llevé al hospital. La internaron casi una semana. La alta dosis de su automedicación la había intoxicado: le provocó un terrible problema gástrico y consecuencias irreversibles.
Zam duró mucho tiempo en reposo. Por las noches se levantaba de la cama porque escuchaba el llanto de un niño. Se acercaba a la cuna y decía algo cariñoso en voz baja, como si el calor de un bebé estuviera en sus brazos. Cuando iba por ella para llevarla a descansar, la descubría arrullando una almohada. Por las mañanas se despertaba temprano para ir al patio porque creía oír los pedaleos y el rechinido de un triciclo.
Zam nunca tuvo ganas de salir de su habitación. Odiaba hablar de recién nacidos y del embarazo con sus amigas; las corría de casa a gritos si tocaban el tema. Perdió peso. Diario se veía pálida y su apetito disminuyó. Comenzó a quemar la ropa y los regalos. Una noche la sorprendí destrozando a patadas la cuna, enardecida por el llanto y el coraje. Intenté platicar con ella. Me ignoró.
Yo pasaba las noches en el estudio pensando en una solución. No podía dormir bien por el miedo a que Zam buscara suicidarse nuevamente. Caminaba de un lado a otro, desesperado. Cierto día, el médico me habló por teléfono para citarme en la clínica. Acudí a él. Dentro de su consultorio le conté todo lo sucedido. Me pidió que le tuviera paciencia a mi esposa y prosiguió:
—He notado una actitud apocada en su esposa cuando viene a terapia, su conducta me llamó mucho la atención. Le platiqué este problema a una sicoterapeuta amiga mía; discutimos un tiempo sobre la enfermedad y se ofreció a ayudarme. Piensa que el cáncer tuvo un origen sicosomático: quizás el aborto creó un trauma. Lo podemos descubrir con exámenes de tomografía computarizada, explicó mi amiga. El examen es un mapeo cerebral; revisarán las delgadas capas que cubren la corteza del cerebro de su esposa.
—¿Cuándo empezamos?
—Antes de la quimioterapia.
Le hablé a Zam sobre el examen médico, sobre cuándo comenzaría y su duración. Me observó un instante, dijo que no quería más experimentos; prefería quedarse así. Sugerí hacer un intento más antes de entrar a las radiaciones. La convencí y durante una semana asistió con puntualidad a las agotadoras sesiones de su sicoterapeuta. No encontraron el trauma. A Zam no se le equilibró el ánimo y siempre estaba cansada. La abulia reinó en la casa. Lapsos de tedio hacían que riñéramos y se desataran episodios intolerables para ambos. Detalles baladíes la fueron convirtiendo en una huraña. Se me agotó la paciencia. Había dos opciones: acobardarnos o enfrentar el cáncer con ayuda médica. Pero entregarse al cáncer era un refugio para Zam.
Una tarde, después de la comida, Zam se dirigió a la habitación para dormir un rato. Yo recordé el lago del zoológico donde vivían los pequeños cocodrilos. Recordé la cara de mi chica. Su cara sonrojada y feliz que puso cuando deposité los reptiles en sus manos.
Dieron las diez de la noche. Zam seguía durmiendo. Sin importarme lo que pudiera pasar, salí de casa. Encendí el carro. Conduje hacia el zoológico. Logré llegar sin apuro. El lugar se encontraba cerrado. Al bajarme del vehículo el viento comenzó a soplar; enfrió mi rostro. Me acomodé el saco y fragüé un plan para entrar al refugio de cocodrilos sin ser descubierto. Caminé hacia una de las bardas. La trepé con torpeza. Caí al otro lado. Todo estaba oscuro. No se veía que alguien vigilara. Espere unos momentos. Después me dirigí de puntillas hasta el lago. No fue fácil capturar el cocodrilo.
Llegué a casa tan rápido como sopla el viento.
Desperté a Zam: “Ya tenemos un niño, ayúdame con él”. Entre confusión y nervios lo aceptamos como nuestro primer hijo. Zam le dio un beso y el animal bostezó. No había crecido mucho desde que lo conocimos. Zam lo sostuvo entre sus brazos y lo llevó con ella a dormir.
La primera semana fue la más hermosa de todos nuestros días. El pequeño cocodrilo dio sus primeros pasos en la alfombra del castillo; jugaba con un patito de hule. Tratamos de ponerle las camisas, los vestidos, la gorra, las diademas. Pero aún no eran de su talla. Zam solucionó esto con facilidad: recortó la punta de un calcetín en círculo y se lo puso al cocodrilo de batita. Lo bautizamos con el nombre de Julio. Ya había crecido, podía andar en triciclo, pasear, columpiarse y correr en el pequeño jardín. Zam recobró brío. Mientras yo leía en el estudio, ella le enseñaba a sumar, a restar y a manejar las tablas numéricas para que un día fuera un buen contador.
Comenzó a preocuparnos que nuestro Julio jugara de manera solitaria. Era hora de que tuviera una mascota. Le compré un cachorro de chihuahueño. Pero el gusto nos duró poco. Al llegar a casa con el perrito, Julio lo agarró del cuello con sus colmillos y se lo trozó. Zam descargó su coraje y tristeza en el cocodrilo: le puso una sarta de nalgadas y lo hizo llorar. Tomé al cachorro muerto, lo metí a una caja para llevarlo al patio a enterrarlo, mientras el reptil se dirigía angustiado a su habitación.
Desde ese episodio el carácter del pequeño Julio cambió. Comenzó a hacer destrozos. Masticó las llantas del triciclo, los mecates del columpio y el guante de béisbol hasta dejarlos inservibles. Rompió la mesa del comedor y la alfombra de su alcoba. Su tamaño aumentó sin que nos diéramos cuenta. Algunas veces deseamos deshacernos de Julio, sobre todo cuando se nos acercaba feroz, luego de haberlo reprendido, enseñando sus colmillos, fijando su vista en nosotros como si fuéramos su presa.
Con el tiempo lo quise enseñar a leer algunas obras sobre cocodrilos y animales destacados en la literatura. Pero su ineptitud me impacientó. Al ponerle los libros frente a él los jaloneaba con el hocico hasta hacerlos pedazos. Quizá no teníamos los mismos gustos literarios.
Zam siguió con el tratamiento médico y el sicoterapéutico. Descubrieron un posible embarazo y que el cáncer había desaparecido. En los últimos análisis las pruebas salieron positivas. El ginecólogo nos citó nuevamente en la clínica. Recibimos con agrado la sorpresa. Julio se encerró en su recámara al saberlo, salía de ella sólo para comer. Nos encontrábamos en problemas. Le pregunté a Zam qué iba a pasar ahora, cómo íbamos a educar a estos dos hijos tan diferentes. Ella fue clara y no dio vueltas al asunto. “Como hermanos”, contestó, como para enfatizar lo estúpido de mi pregunta.
Los siguientes días estuvimos ocupados. Mientras yo reparaba los destrozos que causaba Julio en la casa, Zam se la pasaba tejiendo suetercitos y bufandas para nuestro futuro hijo. Le dejamos de poner atención a nuestro cocodrilo; si no hacía travesuras, se la pasaba encerrado en su cuarto, dormido entre las ropas sucias. Cuando entrábamos a verlo o a ponerle comida, nos dábamos cuenta de que, por el desorden de su recámara, un sicólogo lo tacharía de demente. Algo que nos había hecho felices pasaba a ser un objeto desplazado y molesto.
Contratamos una niñera que se encargara de él. Al entrar a la casa fue enganchada por los enormes colmillos de nuestro ya no tan pequeño hijo. Perdió una pierna, un brazo y, más tarde, la vida; y nosotros la esperanza de poder lidiar con él. Enterramos a la niñera en el jardín, al lado del chihuahueño. Zam decidió llevarse a Julio lejos de casa, a las orillas de la ciudad, para abandonarlo. Pero al llegar ahí, al bajarlo del carro, recibió la sorpresa más tierna. Julio dijo sus primeras palabras: “¿A dónde vamos mami?” Zam se conmovió tanto que volvieron a abordar el carro para regresar. Meses después Julio no paraba de decir: “Mami. ¿A dónde vamos? Te quiero.
Papá es malo”, entre otras palabras mal pronunciadas.
Aunque Zam estaba ocupada por el embarazo, le dedicó tiempo al cocodrilo. Le arregló el columpio, le compró una patineta para borrar la pérdida del triciclo, juguetes nuevos y una alberca inflable para bañarse en el jardín. La casa comenzó a apestar a humedad por las viejas escamas de Julio. Encerrarme en el estudio y leer más de lo acostumbrado era lo preciso. Comencé a extrañar las caricias y atenciones de mi Zam. Pero cada vez que salía del estudio y trataba de besarla, Julio me enfrentaba con unos ojos amenazadores, el hocico y los colmillos por delante.
El maldito animal se la pasaba todo el tiempo con mi esposa. Se dormían juntos, se bañaban juntos, iban de compras juntos. No me invitaban cuando salían a comer. Ahora era a mí a quien llevaban la comida. Ahora era yo quien sobraba en el castillo.
Cierta noche, Zam tocó la puerta de mi estudio. Le abrí. Se veía débil. Me dijo que acababa de extraer al feto de su matriz. Nuevamente había ido a esa clínica clandestina para someterse a un doctor y al filo de sus utensilios. Sus manos sostenían un cilindro de cristal con los restos de nuestro hijo dentro. Explicó que no era necesario tener un bebé más. “Con Julito tenemos toda la felicidad del mundo en casa, es el hijo perfecto”. Me introduje en el estudio, con un fuerte dolor de estómago, me dieron ganas de vomitar. Cerré la puerta para planear cómo desaparecer al cocodrilo. Estaba harto. No podía seguir aguantando la locura de Zam. El coraje me impulsaba, en esos instantes, a amarrar con una soga a Julio y sacarlo de la casa. Arrastrarlo por las calles de la ciudad.
Por la tarde del día siguiente. Zam salió de casa sin previo aviso. Dejó al animal durmiendo. Espié por algunos minutos el sueño del cocodrilo. Roncaba como si supiera que estaba frente a él y se mofara de mi desgracia. Lo cubrí con mantas. Fui al sótano. Extraje un galón de gasolina.
Rocié todo el castillo de combustible: los pasillos, la sala, las recámaras y mi estudio. Después fui a donde dormía Julio. Su sueño era profundo. Lo empapé cautelosamente. Amarré su hocico y las patas a la cabecera de su cama, meditando en que prefería quemarlo antes de que me provocara más odio. Dejé un camino de combustible desde su cuerpo hasta la puerta principal del castillo. Ya en la calle, observé con tristeza la casa que construimos con la esperanza de forjar una familia. La felicidad absoluta. Di un suspiro como quien lo hace para olvidar toda la maldad que lo atosiga. Un suspiro hondo, acompañado de una relativa paz. Arranqué un fósforo de la tira de cartón. Lo encendí y lo aventé a la puerta de la casa.
La combustión fue rápida. Se escuchó el crujir de las maderas. Un zumbido se apoderó de la atmósfera. En las entrañas del fuego se encontraba lo que había enloquecido a mi Zam. Se escapó el humo por las ventanas y las puertas. Los vidrios tronaron por el calor. Un calor que calaba hasta las cavidades de mi cuerpo. El castillo se derrumbó y dentro, muy dentro, el cocodrilo sufría.



*Este cuento se publicó en la Antología Jóvenes Creadores, FONCA 2006-2007, y forma parte del libro inédito Simulaciones, de Joel Flores.