viernes 15 de julio de 2011

.222.

Sobre los que amamos perder

Hoy por la mañana leí rápidamente uno que otro pasaje del libro de Cercas, Relatos Reales, y reviví cosas que se me habían perdido.

El libro de Cercas es un compendio de crónicas que se basan en lo real y se volcán sobre la ficción, que en su momento escribió para cierto periódico español. La crónica “Papeles perdidos” logró conmoverme, y quizá fue porque últimamente ha rondado mucho en mi cabeza el tema de la pérdida, más precisamente, las cosas que se van quedando en el camino.

Cercas dice, que Vila-Matas dijo en una conferencia improvisada, que la literatura en realidad tiene un trasfondo que muchos nombramos y pocos solemos ver en su momento: su tema fundamental es la pérdida.

Más allá de arrojar un argumento que contradiga lo que ambos españoles opinan, me uno a sus filas para decir que tienen razón, y agregar que escribir, me refiero a sentarse a escribir, es una pérdida de tiempo. Si a ello le añadimos, claro, lo que decía Borges: “Por cada relato bueno que he escrito, he echado a perder tres”. Entonces escribir se traduce en una descomunal pérdida de tiempo. Pero que, si me apuran, en el fondo pocos amamos.

Si ponemos de ejemplo el manuscrito que extravió Hemingway en un aeropuerto, supondríamos que si escribir es perder, ahora perder algo que de antemano te hizo perder tiempo es doblemente doloroso.

Supongo que han de existir libros que lo digan, así como Pavese escribió, antes de suicidarse en Italia, que laborar cansa, porque escribir es el arte de esperar. Uno siempre escribe y espera. Esperar, decía Piglia, es retardar la acción, el tiempo. En su caso Pavese escribió y desesperó, por eso su historia personal tiene un final muy triste.

Se me vienen a la cabeza ciertos títulos, quizá inexistentes: El arte de perder, Perder escribiendo. El oficio de perder a solas. La perdida inicia con la escritura. Perder cansa. Las cosas que más hemos perdido en este mundo.

Cuando era niño y en mi casa instalaron una computadora que solíamos usar la familia entera, me gustaba que llegara la noche para encerrarme, a solas, en esa habitación y encender el aparato. Recuerdo que unas tremendas ganas de pasar mis manos por el teclado, con el programa de procesador de textos abierto, me invadía. Aún no sabía qué era la literatura en verdad, pero escribía lo que se me venía en gana. Y así fue como comencé a perder el tiempo por primera vez. Escribía sin saber para qué ni para quién. Incluso llegué a soñar que yo escribía los sueños de mi familia, los sueños de mis vecinos y los sueños de la ciudad entera. Y así perdía las ganas de dormir.

También recuerdo que mi madre abría la puerta, y me preguntaba apurada porque estuviera viendo pornografía, qué hacía despierto a esas horas, y más aún, con la computadora encendida. Por ahora no recuerdo mi respuesta, sólo se me viene a la mente la hermosa voz de mamá, que me decía, muy acertada, “deja de perder el tiempo y vete a dormir”.

Con los años, que son pocos, he ido aprendiendo que con escribir, más que ganar, se pierde. Se pierden amigos, se pierden mujeres y amores, que no son lo mismo; se pierden hermanos y hasta mascotas. Ni hablar del dinero. Escribir, pocas veces, se te remunera.

Si yo contara los amigos que he perdido por preferir pasarme la tarde escribiendo, o las mujeres que me hicieron a un lado de su vida porque creían que yo tenía un romance con la computadora, o los hermanos que se me murieron y jamás despedí porque me becaron por irme a otra ciudad o me mudé porque pensaba que lejos de aquí podría ser alguien mejor como escritor, me faltarían, sin duda alguna, dedos.

Y creo que he perdido más seres queridos y buenos momentos que los textos que he publicado.

Pero hasta los que escriben crítica pierden. Cierta vez un buen amigo crítico literario me contó, que para él hacer crítica sobre los libros de otro era hacer enemistades seguras. Pues cada que le pedía cierta revista o periódico redactar una reseña sobre el libro de fulano o perengano, terminaba perdiendo la amistad de los autores. Es un crítico recio, debo precisar, pero también es una persona muy honesta con su trabajo, que ha sabido perder amigos.

También pierden los que confiesan su amor con palabras. Cuando estaba en la universidad y creía que Neruda me conseguiría el amor de cualquiera, llegué a escribir en el pintarrón lo que mi corazón sentía por una maestra y, sin más detalles, perdí mis clases de teoría literaria.

Escribir sin duda, lo que sea, en una redacción de periódico, para un blog, una revista o pastiche, discursos para servidores públicos, y hasta cartas de amor es, sin duda alguna, una verdadera pérdida. Los ejemplos abundan. Pero repito, muchos amamos escribir y perder.