lunes, 14 de abril de 2014

El cuento es un breve instante en la vida de las personas [entrevista a Mariel Iribe Zenil]

Cuando escribimos, pasamos por alto cómo son los procesos creativos de nuestros homólogos, cómo ha sido su formación y con qué suerte ha corrido su talento y sus libros ante las editoriales. Poco nos apura quién los formó o los forma, cómo definen los géneros que los ocupan, cómo miran su país, desde dónde escriben y qué los impulsa a hacer literatura. Cuando escribimos, parece, lo hacemos sólo para nosotros y un lector virtual: esa proyección personal que busca llenar el hueco del lector ideal. Con este proyecto de entrevistas a escritores nacidos durante el ochenta (que inició en enero de 2014), pretendo responder esas preguntas y crear un diálogo con aquellos que escriben, como muchos otros, desde sus trincheras y sólo nos llegan noticias de ellos gracias a sus libros, las redes sociales o sus bitácoras personales. 
En esta ocasión dialogamos con Mariel Iribe Zenil (Chicontepec, Veracruz, 1983), escritora afincada en Culiacán desde hace más de once años, que se ha abierto camino como periodista, gracias a la redacción de la nota roja en una de las zonas más calientes de México y como cuentista. Su obra se ha publicado en las antologías A fin de cuentas (Instituto Municipal de Cultura, 2007), Cuadernos de periodismo Gonzo (Editorial Almadía, 2011) y Lados B (Editorial Nitro Press, 2011). Su libro El último intento (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2013) es una compilación de nueve historias imbricadas por la violencia psicológica en los matrimonios jóvenes, “chapados a la antigua,” del Sur de México. 
Escritos con un lenguaje bien calibrado, las piezas de este libro fungen como un escenario doméstico o rural donde los demonios más íntimos de las parejas se destapan y detonan el conflicto: un matrimonio roto, que no halla el equilibrio tras la madurez y vuelo de sus hijos, intenta llenar ese vacío remodelando su casa para heredárselas, pero lo que edifican son paredes que los desunen; una joven pareja no puede tener hijos y acuden a todos los remedios caseros que se recomiendan en la comunidad en la que viven, hasta que la intromisión de un futuro compadre les da una "ayudadita"; un hombre y una mujer que ya no se toleran ni en la cama, convierten su lecho matrimonial en un duro campo de batalla; una joven pareja busca romper la monotonía creando celos entre sí valiéndose imaginariamente de los vecinos. 
Si gran parte de la narrativa joven, que escribe en las ciudades que unen el triángulo dorado, se inclina por retratar el fenómeno de la violencia en manos del narco, sus pistoleros, milicos y federales, dar con El último intento de Iribe Zenil es hallazgo. Este libro gira la tuerca al tema de la violencia y la explora desde el terreno de lo psicológico, desde lo más íntimo, lo más privado, es decir, desde donde nace y se conforma la familia: el hogar.   


Joel Flores.- Hay escritores y escritoras nacidos durante los ochenta que se están formando en talleres literarios, maestrías en creative writing en México, España o Estados Unidos, o de forma autodidacta. ¿Desde qué edad comenzaste a escribir y por qué? ¿Cómo ha sido tu formación?

Mariel Iribe Zenil.- Desde siempre me ha gustado la lectura, pero fue hasta la secundaria y prepa cuando empecé a leer con un gusto que opacaba cualquier otra actividad, incluso el basquetbol, que para mi hermana y para mí fue muy importante. Leía, sobre todo, sugerencias, algunas muy buenas que me hacían mis maestros. En ese tiempo conocí casi todo García Márquez, por ejemplo, también algunas cosas de Vargas Llosa que no entendía muy bien, pero me gustaban, y otras menos complicadas, como ¿Quién mató a Palomino Molero?, una novela de la que casi nadie habla. Como quería ser poeta, me leí los cuentos y novelas de Benedetti y muchos poemas de Neruda y Octavio Paz.
Cuando entré a la universidad, fui a un taller de poesía con Rocío Cerón. Ahí me dijeron que a lo mejor, como siempre escribía poemas en prosa que contaban algo, encajaría más en la narrativa. Así llegué al taller de Élmer Mendoza, donde hicimos un grupo muy sólido con varios de los integrantes. A la fecha sólo sobrevivimos dos que seguimos leyéndonos y trabajando nuestros proyectos. Y de manera formal, con una beca estatal, en aquel tiempo FOECA, empecé en 2006 mi libro de cuentos El último intento.


JF.- ¿Crees que las becas ayudan a fortalecer la pericia de los escritores y su formación?

MIZ.- Hay de casos a casos. A mí me han ayudado mucho a ser disciplinada, tanto en mis lecturas como en los proyectos que trabajo. Como en las becas se escribe con tiempos establecidos, si uno pretende cumplir, más allá de una formalidad, entonces debe hacer la talacha. Y aquí es en donde entra lo económico: para escribir y rescribir se necesita tiempo y con una beca podemos centrar todo el esfuerzo intelectual y de investigación en la escritura.

JF.- La mayoría de las historias de El último intento son anticlimáticas: dos personajes urden su propia trampa que termina resuelta o complicada por un final suspendido o abierto, que genera ambigüedad, una interrogante para el lector. ¿Cómo concibes el cuento?

MIZ.- Siempre he creído que el cuento es un breve instante en la vida de las personas. Un instante que guarda cierta magia y algo oscuro que puede o no revelarse al final. Siempre que escribo o que estoy pensando en una idea que me da vueltas en la cabeza, no puedo evitar pensar en la teoría de Hemingway, en la que compara este género con un iceberg. En el cuento solo se revela de manera parcial la vida de una persona, y todo lo que está debajo lo sabe el autor, pero no lo revela. Y ahí, en esa línea tan delgada en donde se establece el límite de lo que se dice y lo que no, está el arte o la habilidad para construir un cuento.

JF.- Tu libro se fragua con base a la fórmula: mujer más hombre, igual a lucha constante por encontrarse o separarse, como si el matrimonio fuera sinónimo de inmolación.

MIZ.- Tienes razón. Este libro me tomó mucho tiempo. Es un libro con el que he aprendido. Lo empecé en 2006 (por supuesto que era una versión muy diferente) y lo finalicé en 2012. Los cuentos pasaron por muchos procesos, incluso algunos ya los había descartado. Pero al volver a leerlos tiempo después, encontré en ellos algo que pude rescatar y retrabajar. Otros quedaron definitivamente fuera. "El juego", por ejemplo, lo escribí ese mismo año, mientras mi hija de días de nacida dormía en su cuna. Después me di cuenta de que casi todos tenían la misma línea temática: historias de parejas disfuncionales, por llamarlas de alguna manera, o como leí hace un momento: historias de personas que creen que amor es tener la capacidad de arruinarse la vida; historias de la vida cotidiana. “Aman los puercos. No puede haber más excelente prueba de que el amor no es cosa tan extraordinaria”, Eduardo Lizalde dixit.
             
JF.- Una parte considerable de la literatura que escriben jóvenes en el Norte de México parte del realismo social, busca enunciar o responder cómo lo público invade lo privado, la violencia estructural, el narco y sus daños. En tu libro, en cambio, hay un apuro por explorar la violencia psicológica, entre matrimonios, en su mayoría jóvenes, afincados en comunidades o rancherías del Sur. ¿Por qué escribir sobre la violencia en lo privado y no sobre los recientes conflictos sociales que vive México?

MIZ.- Por las marcas de la infancia, sin duda. Yo crecí en un rancho de la Huasteca veracruzana, conocido como El Tecomate Zenil. Algunos de mis cuentos bien podrían ubicarse en ese espacio, porque ese es el espacio en el que viví. Y bueno, siempre me ha preocupado y me ha llamado mucho la atención la capacidad que tenemos los seres humanos para hacernos daño, no sólo físicamente, sino de manera psicológica: con acciones y con el peso que tienen las palabras. Llegué a vivir a Culiacán a los 11 años y conocí una forma diferente de vivir, sobre todo de vivir con miedo por esa violencia del narcotráfico que mencionas. Sin embargo, ya había vivido la experiencia un tanto borrosa del secuestro. Tendría unos ocho años cuando unos hombres entraron a la casa y secuestraron a mi abuelo por uno o dos días. En fin, resultó ser un malentendido, pero también me ha tocado conocer esa violencia, sobre todo cuando cubrí la nota roja en Culiacán. Tengo un proyecto de novela, llamado por ahora "Bajo tierra", que he estado trabajando desde 2011. Precisamente la inicié con la beca del FONCA. Este proyecto habla de esa violencia física que trae consigo el narcotráfico, fenómeno inmerso en casi todo el país y difícil huir de él como ciudadano, incluso como creador.

JF.- Voy a decirte un par de palabras y tú me contestas lo que se te venga a la mente.

Norte: No pude evitarlo: violencia. Cambio. Descubrimiento.
Literatura: Escritura. Escape. Placer.
Amor: “Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida”, Neruda dixit.
Cuento: Fuerte. Perturbador. Complicado. Chéjov. Hemingway.    
El último intento: Una parte de mí con ese aroma a encinos y tierra mojada.
México: Riqueza, tradiciones entrañables, rituales de la Huasteca veracruzana, misticismo, una canción que siempre resuena en mi cabeza con la voz de mis abuelos: “Xihualacan huan poyohuan /Ti paxalo ce María /Timiyehualotzan, huan Tonantzin/ Santa María Guadalupe”. Un país lastimado, violencia, delincuencia organizada y narcotráfico trasminado en casi todo el país.
Sur: Infancia: Chalaguites, jobos, palmito, coyoles. Frutos míticos y desconocidos para el Norte de México.

JF.- Escribir un libro es complicado. Sin embargo, a veces es más complicado publicarlo. Las políticas de las editoriales comerciales no siempre suelen tener las puertas cerradas a propuestas jóvenes. ¿Qué fue más complicado para ti, escribir o publicar tu libro? ¿Alguna vez tu trabajo ha sido rechazado en alguna editorial?

MIZ.- Mucho más complicado es escribir. Le dediqué muchos años a este libro y mi mente estuvo ocupada en él. En un libro se dejan las fuerzas y un pedazo de vida. Me sucedió lo contrario con la publicación. Recuerdo que llamé a Tierra Adentro para preguntar si podía mandar mi libro y me dijeron que lo iban a mandar a dictamen. Esperé unos seis meses y me llamaron para decirme que había salido positivo y esperé, creo, otros seis meses para su publicación. No busqué mucho para publicarlo y creo que en realidad me negaba a soltarlo, quiero decir, a darlo por terminado.

JF.- Con la evolución de la literatura impresa a la digital y los nuevos soportes de lectura y difusión, es más fácil que los textos se diseminen y lleguen a más lectores. ¿Estás abierta a  publicar en formato e-book o crees centrar tu obra sólo en el papel?

MIZ.- Estoy abierta a ese tipo de publicaciones. Es una buena opción para poder ser leído en otros países. Aunque, no sé cómo, lo veo casi un misterio tomando en cuenta la mala distribución que hacen algunas editoriales, pero la literatura, incluso en papel, se abre paso. En una ocasión, hace ya varios años, encontré una traducción al inglés de mi cuento “El último intento”, que le da nombre al libro. Había llegado en la antología A fin de cuentos, hasta la biblioteca de la Brigham Young University, en Provo, Utah, EUA, y Alexander Aldrich, estudiante de un posgrado en traducción, se interesó por mi texto. Luego publicó la traducción en su blog. Raro, pero sucede.

JF.- Solemos escribir mirando hacia el pasado o el presente y con la lectura pasa similar: leemos a los que nos anteceden o a nuestros contemporáneos. ¿Sueles leer a escritores nacidos durante los ochenta o prefieres a los maestros reconocidos por un canon?

MIZ.- Como estudiante de letras hispánicas, pues llevamos también un cierto orden en cuanto a la evolución de la literatura, leí a los clásicos. Pero fuera de ese tipo de lecturas impuestas, algunas muy necesarias, leo lo que va llegando a mis manos. Muchas recomendaciones de amigos como Irad Nieto o el poeta Jesús Ramón Ibarra. O muchas veces, de acuerdo a lo que estoy escribiendo, surgen ciertas inquietudes. Como ahora que me ha dado por buscar literatura erótica. O como en su momento busqué mucha novela y crónica sobre el narco. Pero de mi generación he leído con mucho gusto y admiración a Gabriela Torres Olivares, por ejemplo. A Óscar David López, poeta, narrador y gran amigo. A Hermann Gil Robles. Todos diferentes, pero igual comprometidos con este ejercicio de escribir. De los 70, por ejemplo: Bibiana Camacho, Nadia Villafuerte, Alejandro Almazán, Miguel Tapia Alcaraz, en fin, con algunos de ellos tengo una relación de amistad. 

JF.- ¿En qué proyecto te encuentras trabajando actualmente?, ¿es otro libro de cuentos o novela?

MIZ.- Una novela con cierta carga erótica. Una adolecente empieza una relación con un hombre mayor, pero a la vez descubre el placer de la lectura con el que tendrá que lidiar toda su vida. Tengo la intención de hacer una especie de homenaje a los clásicos de la literatura erótica, desde los griegos, Lisístrata, por ejemplo, que es una comedia con una carga sexual, hasta textos más contemporáneos que van apareciendo conforme esta adolecente los descubre. 



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Para leer la entrevista en La gualdra, aquí.

lunes, 7 de abril de 2014

La literatura no debería ser tan solemne ni grandilocuente [entrevista a Alí Rendón]



Alí Rendón (Celaya, Guanajuato, 1980) es autor del libro de cuentos La realidad con capacidades diferentes (Zacatecas, Pictographia Editorial, 2013). Pero sobre todo es narrador de lo satírico y de hechos extraños que podrían alinearse en el género fantástico. En su libro hay una apuesta por la belleza, en cuanto al abordaje de las historias, los andares de la poesía y la brevedad. Su imaginación, dotada de un sentido del humor fresco, nos invita a asomarnos a los que se conoce como real, bajo la mirada opuesta a lo lógico y predecible, para descubrir capacidades especiales, como la de volverse el destino que logra que los personajes se accidenten con algún milagro o anti-milagro. 
En su libro no sólo hay cuentos, sino realidades con capacidades diferentes de interpretarla: la historia de un hombre que secuestra a personajes de ficción para educar a su hija; la de unos niños que tienen que matar a una señora para proteger a su perro deforme, que no es más que el mejor amigo del hombre; la de un tipo que descubrió el sexo oral para pelear un divorcio; la de la chica que aprovechó un accidente en el tren subterráneo para salvar el futuro de su hijo; la de la esposa que usa la hipnosis como método anticonceptivo; la de un chico que jura haber descubierto hadas diminutas en su departamento; y la de una joven que busca a su amiguita de la infancia (aquella a la que llamaba Osita por padecer del síndrome de los niños lobo), para recuperar la amistad.
En esta entrevista, Alí nos habla de su formación, el cuento, el humor, las políticas editoriales ante la literatura escrita por jóvenes, los nuevos espacios que brinda la Web 2.0 para publicar, los talleres literarios, el Bookcrossing, los prejuicios del lector común ante el mainstream y la literatura de sus contemporáneos y más.

Joel Flores.- Hay una pregunta de rigor que suelo hacerle a todos los escritores que aceptan ser entrevistados: ¿cómo fueron tus primeros encuentros con la literatura?, ¿qué autores y personas te encaminaron como cuentista y tienen que ver con este libro?

Alí Rendón.- De niños, el primero que se enseñó a leer fue mi hermano Sinhué y me dramatizaba los diálogos de revistas como Novelas Inmortales, Hombres y Héroes y otras adaptaciones en formato historieta. Luego leí por mi cuenta ejemplares que mis papás nos dejaban a la mano, de autores como Edgar Allan Poe, M. Shelley, Julio Verne e Issac Asimov. En ese tiempo mi hermano y yo escribíamos “guiones” para nuestras propias historietas que dibujábamos a lápiz en hojas dobladas. También jugábamos con figuras de acción, porque tratábamos de imitar la estructura narrativa de los episodios de las caricaturas. Ya como adulto intervinieron los compañeros del Taller de Escritura Tormenta, narradores y poetas que fui conociendo en persona.

JF.- Me gusta conocer cómo definen los escritores el género que los ocupa. ¿Cómo definirías el cuento?
AR.- Como un sabotaje a nuestra capacidad de percepción de la realidad, por medio de un hecho narrado que nos acerca a la Condición Humana de forma estética. Imagina despertar de pronto bajo los párpados de otro, no importando si están abiertos o cerrados, si son de un humano o de otra especie viva.

JF.- La realidad con capacidades diferentes está urdido por tres secciones o capacidades de la realidad, que en apariencia ofrecen también a tres imaginarios: uno que apuesta por la imaginación, otro por el humor y otro por lo público. ¿Cómo se fraguó el libro?

AR.- Quise darle cierto hilo conductor a un proceso de creación. En un inicio pensé crear un catálogo de cuentos de ciertos subgéneros como: erótico, fantástico, humorístico, realista; subgéneros que encajaban con el color de las experiencias y obsesiones que impulsaban el libro. El último año de revisión sentí que ese hilo conductor se accidentaba unas veces y otras parecía llevarme a ciertos lugares nuevos en mi narrativa, como si se tratara de alguien que sufre un canje involuntario de alguna de sus capacidades, por otras que lo harán diferente. Unos cuentos están basados en experiencias mías, otros en ajenas y otros son totalmente ficción

JF.- Finalicé tu libro en el aeropuerto, mientras hacía escala en Distrito Federal. Tus cuentos me aligeraron la trasnochada, gracias al humor que destilan. ¿Crees que si los escritores apostaran más por el humor en su literatura, habría más lectores en México?

AR.- En realidad no sé si el humor ayude a atraer lectores y conservarlos. Quizá ayudaría más que los esfuerzos que tratan de invitar a la lectura, estimulando económicamente sólo a los escritores, sin difundir sus obras, o celebrando ferias con los autores estrellas que todos conocemos, en vez de incentivar también a los lectores con clubes del libro, becas para leer, más y mejores bibliotecas, lecturas públicas, entre otras iniciativas. El humor es algo que como lector agradezco mucho a escritores como José Agustín, Gerardo Deniz, Guillermo Samperio, Ríus, David Toscana. Un texto divertido circula más que uno sesudo en un círculo ya establecido de lectores La literatura no debería ser tan solemne ni grandilocuente en estos tiempos, como tampoco los lectores.

JF.- La realidad con capacidades diferentes se publicó tras la convocatoria que Pictographia Editorial lanzó para promover a los escritores jóvenes de Centro Occidente, ¿qué opinas de las políticas editoriales que suelen apostar poco por la literatura joven? ¿Alguna vez rechazaron alguna propuesta tuya?

AR.- Esas políticas obedecen a la necesidad de jugar sobre una "cancha segura" para las ventas. Un corpus de lectores ya establecido se interesa más por un autor de mainstream que por un libro escrito por alguien que no suena ni en la radio, que no se lee, más si es un autor joven. En México juventud es sinónimo de inmadurez. Esto nos invita a preguntarnos si tu lector potencial debe haber leído antes tu nombre por ahí para motivarse por tu obra con el interés de leerla. Por otro lado, claro que me han rechazado propuestas, incluso en fanzines online. Pero los rechazos ayudan a cuestionarte como creador. Son parte de la crítica que uno debe ir asimilando y te ayuda a entender que no necesariamente significan que estés haciendo algo mal, sino que la línea editorial de ciertas editoriales van dirección opuesta a tus textos, o simplemente otros escritores remitieron mejores trabajos que el tuyo.

JF.- En esta nueva era digital, acompañada por la Sociedad del Conocimiento y la Información, autores jóvenes apuestan más por publicar sus obras en e-book, por el alcance que pueden tener, en lugar de darle gran parte de los derechos de su obra a una editorial, que pocas veces maneja estrategias de difusión pertinentes. ¿Tienes pensando publicar alguno de tus proyectos en e-book, abrir un blog para diseminar tu trabajo en la Web?

AR.- Me gustaría hacerlo, más por la difusión. Sin embargo, la autoedición se une al peligro de brincarse pasos importantes del proceso tradicional, como el de la lectura y dictamen crítico de un consejo editorial formado por lectores agudos y curtidos. Cualquiera puede publicar en blogs y libros electrónicos y eso también aumenta una oferta que puede desencantar al lector de medios digitales. Hay muchas ansias por publicar y pocas por aprender. Uno debe dejar reposar los textos el tiempo suficiente para abordarlos de nuevo y corregirlos, para ver si superan la prueba del tiempo, del gusto personal del autor.

En 2011 participé en Parto de Máscaras, antología de cuento y poesía. Ese libro lo llevé a Valencia, España, con el apoyo del poeta veracruzano, autoexiliado en Barcelona, Orlando Guillén. Lo distribuimos gratis y en formato impreso. Usamos el sistema de liberación de libros Bookcrossing de allá, algo que no es nuevo, pero que me parece fabuloso y aterrador, porque dejas libros en la calle, en cafeterías, en parques o salas de espera para que la gente se los lleve y en algunos casos los devuelva para su recirculación. Otros ejemplares los entregamos en mano a los lectores. Acá en Celaya apenas se comienza con pequeños intentos de intercambio de libros. 

JF.- Existen escritores que opinan que los talleres literarios son un buen lugar para formar aprendices y lectores. Otros, que los talleres literarios son un laboratorio de clones del coordinador. Tú eres tallerista, y veo que tus cuentos fueron trabajados bajo la crítica que se genera en uno. ¿Qué opinión tienes sobre ellos? ¿Son un buen lugar para forjar escritores?

AR.- Ambas son verdades a medias y uno siempre tiene varias influencias.  ¿Qué más daría que una de ellas fuera la del coordinador de un taller? La crítica nunca cae tan mal como la falta de ella. En el Taller Tormenta, donde más tiempo he estado, no tenemos un coordinador, tratamos de seguir lo que sentimos fresco y con aires de vanguardia, siempre y cuando proponga la búsqueda verdadera de una experiencia estética, se aproxime a mostrarnos la Condición Humana y aparte nos inquiete de alguna forma que podría definir como poética. Como lectores y escritores debemos acercarnos a los demás, sobre todo si prestan libros y fomentan el intercambio de opiniones. El otro taller que me ha dejado provecho y buenas discusiones es el que coordina Alberto Chimal en Distrito Federal. Lo que no recomiendo es entrar a esos clubes o grupos de Internet que son de paga. Se corre el riesgo de recibir lisonjas y alabanzas en vez de crítica verdadera y constructiva.

JF.- Cambiemos de dinámica, diré una palabra y tú me respondes lo primero que pienses.

México: tragedia con pequeñas pausas
Cuento: asombro
Imaginación: sabor
Celaya: indolencia
Realidad: hambre
Dinero: materia

JF.- No se sabe del todo si los escritores jóvenes leen a sus contemporáneos, si se conocen entre sí o simplemente prefieren leer a los clásico y mirar a otras tradiciones literarias. ¿Sueles leer a escritores nacidos durante la década del 80 o prefieres a los maestros del pasado?

AR.- Comulgo con la opinión de Geney Beltrán Félix: los escritores de una misma generación no se leen… se vigilan. Leo a escritores (y vigilo a unos pocos) de esa década. Disfruto leer al tremendo Édgar Omar Avilés. Hay muchos escritores de la generación 80 que me parecen buenos y sobresalientes. Tu Rojo semidesierto me impactó mucho y me dejó una inquietud por hacer del papel ese otro nervio que patenta el dolor, pero al mismo tiempo la belleza y la complejidad de la actual realidad mexicana. Otros autores jóvenes que hay son: Isadora Montelongo (Las chicas sólo quieren plástico, Plaza & Janes, 2012), y a los que están en la colección de Poéticas Contemporáneas, de editorial Pictographia, no hay que perderlos de vista.

JF.- ¿En qué proyecto te encuentras trabajando actualmente?

AR.- Traigo una novela que avanza lenta, trata sobre el amor y creo que es mi reto más grande porque intenta hibridar el “género” maldito de la “superación personal” con el del realismo sucio. Se llama, por ahora, “El interventor de latidos fatales” y su protagonista se hace llamar Valentín Cansino, un “coach personal a la mexicana” que intenta probar que el amor sí es dulce y que además tienes que dejar de ser un pusilánime para conservarlo. También trabajo cuentos, sobre todo minificciones, algunos para volver a un proyecto que me llevó a Polonia y a España en años recientes, y un proyecto de arte urbano que ya está en algunas calles de Celaya de manera anónima y que busca dignificar, mediante la poesía y la imagen, a los indigentes que padecen de sus facultades mentales. También participo todos los jueves en Al aire libro, un programa de radio que transmitimos los compañeros del Taller Tormenta, todos los jueves en la estación cultural Radio Tecnológico de Celaya y que pronto espero estará en Internet.


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jueves, 3 de abril de 2014

Muestra narrativa de Rojo semidesierto






El Fondo Editorial del Estado de México (FOEM) ha subido a su página Web una muestra narrativa de mi libro Rojo semidesierto. En ella encontrarán los primeros dos cuentos (“Los que lloran” y “Los que ignoran”) que son la semilla de esta obra. En la página también hay otras muestras narrativas de los libros de escritores que ganaron el Premio Internacional Sor Juana Inés de la Cruz en 2013 y emisiones anteriores. Para acceder, deben dar clic aquí.




martes, 1 de abril de 2014


¿Por qué en tantas ocasiones se reacciona de forma violenta, opuesta, a nuestros pensamientos y sentimientos? En los relatos de El amor nos dio cocodrilos se marca la desunión entre las sensaciones y las reacciones de los personajes: una pareja de recién casados que no logran quedarse embarazados y deciden adoptar a un cocodrilo; un niño rechazado, crece leyendo el vademécum médico de su madre y aprende a usar las recetas médicas para convertirse en superhéroe y vengarse de sus compañeros; la extraña obsesión de una mujer por la limpieza desquicia a su marido y lo lleva a tomar medidas drásticas para curarla; un maestro recién despedido de su trabajo, por acosar sexualmente a sus alumnas, se refugia en la pornografía y se convierte en una amenaza para los alumnos del campus universitario; una mujer arraigada en un bosque durante la guerra civil española, se ve perturbada por un extraño hasta que cesa el fuego entre los milicianos y sublevados; un aspirante a escritor, decide cometer un asesinato para que su relato fuera más realista.

Los relatos de Joel Flores llevarán al lector al límite de la violencia. Las tramas de las historias de El amor nos dio cocodrilos reflexionan en torno a las obsesiones, manías y problemas psicológicos de sus personajes.

Para adquirir el libro da clic aquí.

lunes, 31 de marzo de 2014

Samir y Yonatan, de Daniella Carmi


De niño nunca fui lector voraz. A decir verdad, jamás hubo libros en mi casa. Mi madre me entregaba al colegio como lo hace cualquier madre mexicana: tenía la esperanza de que allí me convirtieran en un chico con futuro. Muy tarde conocí la literatura juvenil en la preparatoria. Y si no fuera por ese tiempo, quizás ahora sería incapaz de formularme preguntas que la literatura misma genera: ¿qué me forma como ser humano y cuáles son los valores que me unen con mis semejantes? Puedo escribir que los libros son el vehículo más adecuado para acercarnos al conocimiento y seguro otros articulistas están escribiendo lo mismo, en sus respectivos idiomas, al querer responderse qué valor ha tenido la literatura para ellos. Sin embargo cabría preguntarnos: ¿sobre qué se debe escribir para atraer a los niños y jóvenes a la literatura? ¿Y cómo hacer para impedir que crezcan con una visión poco aguda sobre el mundo?
El trabajo que realiza Ediciones Castillo, del Grupo MacMillan, en publicar libros orientados a chicos de secundaria y bachillerato da una oportuna respuesta. Con una edición de bolsillo, papel ligero e ilustraciones atractivas, ofrecen títulos que dan noticias de los conflictos sociales que viven otros países y cómo su juventud, que busca un futuro con el presente que los forja, los enfrenta. Un ejemplo es Samir y Yonatan (2013), de Daniella Carmi (Tel Aviv, 1956), obra que ha sido traducida a más de 10 idiomas y que aparece por primera vez en México. La novela narra la historia de un chico palestino que sufre, junto a su familia, las secuelas que ha venido dejando el conflicto entre Israel y Palestina, en zonas que bien podrían ser la Franja de Gaza y Cisjordania, y cómo en un hospital encuentra la tranquilidad y la hermandad que sus antepasados se han empeñado a torcer por razones ideológicas y de territorio.
Samir se ha roto la pierna en su bicicleta, antes del toque de queda. Días después lo llevan, contra su voluntad, al hospital de los judíos para que un médico norteamericano lo opere. En ese viaje descubrimos por medio de un lenguaje sugerente, persuasivo, algunas veces agujereado por las supresiones de tiempo y los recuerdos que mortifican a Samir, que ha perdido a su hermano menor, así como ciertos vecinos han perdido una mascota a causa del gas lacrimógeno, que su abuelo es ciego y sale corriendo de casa cada que escucha disparos, que su hermana mayor jamás se casó porque desapareció su novio y que su madre y padre ya no son los mismos desde que se vieron tocados por la tragedia. 
Sin embargo, si detrás de todas las novelas hay una pregunta que las concibe, la de Samir y Yonatan podría ser ¿qué haríamos si nos dieran la oportunidad de crear un mundo alterno, en un planeta conocido, donde no existiera la rivalidad política, religiosa, territorial ni racial, y sí la amistad? Es en el hospital, sitio de terror para muchos niños, donde Samir aprende qué lo hace igual a sus semejantes y crea un eslabón invisible con niños que han estado distanciados de sus padres a causa de lo complicado que es vivir en una zona en conflicto.
El mundo desolado que vivía Samir se troca en un planeta Marte lleno de posibilidades gracias a la compañía de Tzaji, el hermano de un soldado judío que se filtra como pesadilla en sus sueños, la belleza silenciosa de Ludmila, el desapego de Razia a su padre, que más tarde se convierte en perdón, y la amistad de Yonatan, el niño que cuenta hallazgos de los astrónomos sobre el universo como si en el cosmos y el polvo estelar estuvieran las soluciones a los problemas actuales del hombre: “lo que me parece increíble”, explica cuando se adueñan de la computadora que les dará oportunidad de volar al espacio, “es que las leyes de la física sean las mismas en todo el universo y que ocurra igual con la química. Las estrellas y nosotros estamos hechos de la misma materia”
Debajo de esas palabras, la novela de Daniella Carmi esconde un secreto que brilla como vía láctea, un mensaje que puede comprenderse en cualquier país disfuncional: ante las pérdidas que se han sufrido por causas ajenas, la amistad puede ser eterna y vasta como el espacio, “pues las estrellas no desaparecen cuando hay toque de queda, cuando hay tiempos difíciles”.


La reseña también se puede leer aquí.

lunes, 24 de marzo de 2014

Escribo para formular mejor mis respuestas [entrevista a Vanessa Téllez]

En la historia de la literatura las novelas intimistas o sobre la familia abundan. Hay aquellas que enuncian el amor que se le tiene al padre, como La invención de la soledad, de Paul Auster, El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince y Patrimonio, de Philip Roth. Pero también hay aquellas que abjuran contra la imagen paterna con toda la pasión que provoca su ausencia, su falta de cariño, el abrazo jamás recibido. Signos vitales (Tierra Adentro, 2013) es una carta de amor a papá, una carta tierna, femenina, escrita con odio y rencor y cariño, memoria y vísceras.
Con una prosa que apuesta por las imágenes poéticas y un trama que se plantea como una pregunta sin respuesta aparente, Vanessa Téllez (Acapulco, Guerrero, 1981) crea a Zoé como una herida que supura episodios amargos de una niñez sin padre, donde la falta de ese cariño la convierten en testigo de hechos que construyen una ciudad, dimensionan una retahíla de personajes y sus historias que se imbrican con lo que significa el progenitor ausente: la muerte repentina de la madre; la abuela que suele coleccionar fotografías, como si deseara mitigar su soledad con anécdotas de vidas que no le pertenecen; Aura, la iniciación sexual y los placeres del cuerpo en un remoto burdel con un cliente de testigo; Ester, la mujer que vive encerrada en un cuerpo de niña a causa de una enfermedad misteriosa; y la palabra papá como una búsqueda parsimoniosa.
Vanessa Téllez también es periodista e integrante del comité organizador del Encuentro de Jóvenes Escritores Acapulco barco de libros. En esta entrevista, la autora nos ofrece una mirada fresca a este diálogo que hemos emprendido desde hace un par de meses con otros escritores, y nos habla de Signos vitales, su formación como escritora y lectora, la poesía sobre la prosa, sus contemporáneos, escribir o no sobre las heridas que deja el crimen organizado, el proceso de escritura, el e-book y literatura digital.

Joel Flores: En la literatura mexicana siempre son más los escritores que las escritoras. Sin embargo esas pocas nos han heredado grandes novelas y una biografía amplia, rica, persuasiva. Pienso en Nellie Campobello y Cartucho. Pienso en Elena Garro y su doble vida durante el movimiento estudiantil del 68. Pienso en ti y me pregunto ¿cómo ha sido tu formación?

Vanessa Téllez: No creo que exista una cantidad mayor de escritores que escritoras, lo que me parece que existe y sucede en muchos otros gremios, es más bien una apabullante desigualdad de género. Comenzando con los libros de texto en los que apenas se citan escritoras como referentes literarios y sociales, la edificación de la imagen de un escritor no ha evolucionado desde el referente clásico de un escritor dedicado absolutamente a escribir cómodamente desde su escritorio, no parece interesarnos qué ocurre fuera de esa escena y preguntarnos si existe en ese mismo cuarto una escritora que acaba de sentarse frente al ordenador después de preparar la cena y meter a los hijos a dormir. Como mujeres escritoras la tarea suele tener dos horarios, el trabajo en casa o fuera de ella no es el mismo que el de un hombre, sea o no escritor. A esto, podríamos agregar decenas de prejuicios, la historia avala el tácito rencor con que se suele abrazar la figura de una escriba. Aun cuando los contextos sociales cambian, seguimos habitando en un país que atiende con devoción las estructuras de sometimiento de género.
En cuanto a mi formación, diría que fue un proceso natural. Mi primera escuela fueron los argumentos por ejemplo, de Delia Fiallo, Liliana Abud o Caridad Bravo Adams, historias de disección muy precisa y personajes básicos. Es decir, me educó mucho la televisión en ese sentido. No sabía bien qué buscar, pero sabía qué definitivamente no quería leer. A la televisión se agregaron revistas cuya factura era por llamarlo, mucho más profunda, temas de cine o moda comandaron ese inicial apetito literario. En la preparatoria comencé haciendo pequeños y sencillos guiones de radio. Aun así, me interesaba más el diseño de modas, la manufactura de un vestido. Aspectos más gráficos que teóricos. Pero al mismo tiempo, comencé a escribir por cuenta propia, sin educación al respecto. Entré en contacto con la literatura hasta los 25 años. Entonces ya había trabajado en radio y prensa, quizá la escritura fue el paso siguiente a ese búsqueda que me alejaba cada vez más del diseño. No fue difícil el proceso formativo, pero sí ecléctico, incluso algo confuso.

JF: Los signos vitales son el último suspiro, movimiento, parpadear de alguien que está por irse de este mundo. Es la historia de la búsqueda del padre y el parricidio. ¿Por qué escribir novela y no cuento?, ¿cómo se fraguó?

VT: La historia como tal, sucedió hace 15 años y comenzó como un fotomontaje. Siempre que algo, un tema, una pregunta interrumpe en mi cabeza, es como si creara una especie de largometraje del que no puedo escapar. Esta historia en particular surgió como un planteamiento que me sedujo y otro tanto ante la imposibilidad de escribir otra historia. Fue como si el recuerdo de hace 15 años se impusiera y la pregunta que no quise contestar se manifestara en cada cuartilla. No escribo para contestar mis preguntas, escribo para formular mejor mis respuestas. SV era extender la interrogante, alargar la duda, y con suerte, muchísima suerte, encontrar el destello del eslabón perdido sobre esa conexión y mecanismos de relación entre padres e hijos cuya comunicación es nula o casi inexistente. Y debo decir que la muerte es un tema que siempre irradia mis temas, no siempre como el eje, pero sí como un sesgo que me provoca ensayar oraciones.

JF: Pocos son los narradores en México que recurren al tema del papá o la mamá en sus proyectos literarios, ¿por qué escribir sobre la imagen paterna y no sobre los defectos del Estado y sus leyes: la violencia estructural, el narcotráfico, sus víctimas?

VT: He escrito cuentos y textos sobre la violencia que aqueja a Guerrero, particularmente a Acapulco. Es un tema ineludible cuya cercanía pasó por decir, de los 6 grados de separación. Incluso diría que, no hacer ese propio registro sería atentar contra la naturaleza del escritor, en quien creo, existe una obligación por registrar su entorno. No es que no encontrara el tema, o la espina que sangrara esa historia, creo que la excusa, por así decirla, es que no he encontrado el momento en el que pueda desarmarme sin fracasar. Creo que si algo se le debe a este país es lealtad con su historia, con las víctimas de esta guerra, con los que morirán dos veces porque nadie les hará justicia. Creo que los libros sobre el narcotráfico tienen esas dos lecturas, o deberían. Al final, habremos de ver cuántas de esas novelas o libros sobre el narcotráfico, revelaron o extendieron mejor la oscuridad para aprender cómo y dónde se encuentra el encendedor. Creo que en los libros debemos encontrar algo más que el papeleo burocrático que arroja la violencia y su entorno.

SV coincidió también con la lectura a Paul Auster y a Nothomb. El extrañamiento de Amelie por su origen y la identificación geográfica me deslumbraron, era verme en parte reflejada en ese extravío. Nacer en DF pero vivir en Acapulco desde el primer año, siempre ha representado un poco también, cierta orfandad. Hace ocho años intenté vivir en DF y no pude, simplemente fue imposible conectar con la ciudad. Por otra parte, la familia siempre me parece un misterio de descifrar. Encontrar o no similitudes entre quienes crecimos y compartir las diferencias sin entablar una distancia absoluta, es impresionante. Todavía no me explico cómo es que uno nombra hogar o patria a una ciudad, y cómo lo amamos desde la aparente nada, desde el total desconocimiento.

JF: La búsqueda de Zoé, la protagonista de Signos vitales, es encontrar las palabras exactas para retratarnos a su padre. Sin embargo, su viaje toma otros rumbos y la premisa de la novela se convierte en un pretexto para narrar otras historias. Dime, ¿la estructura fue cambiando mientras la escribías, o el enunciar a otros personajes funge como un espejo que dimensiona a la protagonista y su anhelo?

VT: Fue un poco de todo. Quizá con el tiempo vea en SV mi propio laboratorio textual. Al inicio lo pensaba como un monologo. No quería nombres, o especificaciones demasiado reveladoras. Quería que la historia cogiera su propio rumbo sin perder el puerto. Conforme las cuartillas crecieron, encontré varias necesidades qué afrontar. La imagen del padre era el principal espejo de Zoé. La historia tomó la estructura de un cuarto. Cada personaje era una pared, así todo giraba o encerraba un sólo personaje. Zoé es el pivote que da cuerda a la historia. Mientras vienen y desaparecen personajes, Zoé parece permanecer en el mismo lugar, pero se ha movido desde el principio.

JF: En tu novela suele privilegiarse el sonido de las palabras y las imágenes que evocan, al punto que la trama se convierte en un hilo congelado, al servicio de lo poético. ¿Qué tanta influencia de la poesía hay detrás de Signos vitales? ¿Crees que para lograr un lenguaje equilibrado, un narrador deba leer más poesía que narrativa?

VT: Debo admitir que leía poca poesía. Comencé a leer más libros de poesía después de terminar SV, y fue tanto como saltar en paracaídas, totalmente al azar. La influencia de Anna Becciu, Max Rojas, Carlos Pellicer,  Pizarnik, Plath o Francisco Hernández me revelaron todo un mundo con el que podía identificarme, porque básicamente entendía de lo que estaban hablando. Quizá la estructura de las imágenes se deba a mi necesidad por escuchar música mientras escribo, y generalmente, ésta debe sintonizar con el tono que busco. Creo que he soñado musicalizar con pausas, con las palabras adecuadas cada historia que escribo. Me preocupa la forma, el vestido con que se presenta un texto. No sé si se deba leer más poesía que narrativa. Pero en lo personal, encontrar poesía, maravillosa poesía de gente joven como Sara Uribe, ha potenciado áreas donde la funcionalidad o practicidad gobernaban la prosa. Creo que la poesía refresca y provoca rizomas en el lenguaje narrativo con mejor fluidez, la viste mejor sin duda.

JF: Cambiemos la dinámica, diré una palabra y tú me respondes lo primero que pienses:

Padre: Soledad
Poesía: Belleza
Novela: Dolor
Acapulco: Mar/Catarsis/Dios
Escritura: Pasión
Signos vitales: Ciclo/Hastío

JF: ¿Qué opinas de las políticas de las editoriales comerciales? ¿Te fue complicado publicar en Tierra Adentro?

VT: He escrito antes de SV cuatro novelas. Malísimas, creo. Antes mis historias tenían otros temas, mucho más adolescentes, quizá. Las búsquedas cambian, maduran, gesticulan nuevas formas de dimensionar al mundo, o lo que conocemos como tal. Antes de SV terminé una novela más cercana a mi realidad, novela que mandé a TA antes que SV y que, afortunadamente no se publicó. Fue una novela que exteriorizó el apasionamiento hasta entonces contenido en la lap y el pequeño mundillo de letras que conocía. Supe de TA cuando era reportera, causalmente. En aquellos años, hace 7, mis referentes literarios eran columnistas y críticos de revistas sobre cine o moda. Pero ese mundo que descubrían, aunque apenas dimensionado en revistas mensuales, me permitió coquetear con la posibilidad de escribir. 
Fui rechazada por una editorial independiente, no puedo decir que fuera su culpa y que apostar por escritores desconocidos sea impensable, también creo que aquella novela era malísima. Creo que influyen muchísimas cosas, puede ser una mala historia, un mal tratamiento, numerosos intereses, y es válido. Lo que no es válido es dejar de escribir por ello.

JF: Tienes un blog y eres constante en su actualización, ¿publicarías alguno de tus proyectos en e-book?, ¿crees que llegarían a más lectores gracias a la nueva cultura de la información?

VT: Soy de la vieja escuela, aún persiste mi intención por hacer del blog mi mejor casa. Lo comencé cuando dejé el periodismo, primero para obligarme a escribir semanalmente. Luego, para anotar fijaciones y agradecimientos literarios. Ahora es el único lugar de la vorágine cibernética donde me siento más a gusto. Desde que vivo en DF, el blog se ha vuelto más una bitácora fotográfica de las calles que voy conociendo y de la ciudad donde nací. La relación con el DF ha sido más de reapropiación en espacio y forma; de ello, da fe el blog.
Claro que publicaría en e-book, la escritura no sólo está vinculada al papel. Hay todo un recinto cibernético de escritores que consumen e-books, a veces me parece que con más pasión que aquellos, me cuento, que buscamos la representación física del libro. No creo que el libro y el e-book peleen por lectores. En todo caso, se los van a repartir. Lo que debería preocuparnos sería no crear más herramientas para el consumo de libros, simplemente de escritura, financiar mejores espacios. Arrendar computadoras, kindles. Existe una sobre preocupación por el e-book y por vender libros, pero no precisamente por desarrollar programas para el financiamiento de lecturas.

JF: Se dice que los escritores jóvenes tenemos un apuro por publicar y poca preocupación por lo que escriben nuestros contemporáneos, ¿sueles leer a escritores o escritoras nacidas durante la década de los ochenta o prefieres a los clásicos, a los que nos anteceden?

VT: Es cierto, pero creo que es un mito. Soy curiosa y muy desordenada para leer. Así que leo de lo que voy escuchando, de lo que se comenta y de lo que siempre me ha interesado; esos temas que se van moviendo pero persisten. Me gusta saber de qué van los escritores de mi edad. Es interesante hacer correlaciones de una generación porque, aunque tengamos la misma edad, nuestros referentes son distintos, empezando por la ubicación geográfica. Recientemente trato de ligarme con los de mi edad por empatía generacional, y claro, los clásicos son la escuela de la que venimos aprendiendo y a quien acudimos como santidad divina para replantear lo que decimos en otro lenguaje, en otro tono, en otro folclor.  Me gusta mucho la poesía de gente como Ingrid Valencia, Sara Uribe, Manuel Parra y narradores como Iliana Vargas, Federico Vite, Javier Caravantes, gente que no necesariamente coincide en edad o temas. Dirigir mis apetitos literarios en función de la edad, sería algo castrante.

JF: ¿En qué proyecto te encuentras trabajando?, ¿es otra novela?

VT: Llevo trabajando en la misma novela desde hace 3 años. Pero parece una relación abierta porque mientras la escribo, terminé una noveleta y un par de cuentos. Así que el tiempo literario se divide entre corregir y escribir una novela que alimento leyendo libros sobre el tema y realizando investigación afín. La escritura es también recesos para leer y vacilar con las influencias de otras disciplinas. El cine y la pintura ayudan mucho cuando la música literaria se detiene. Estas formas plásticas me han permitido por ejemplo, replantear mucho de lo ya escrito y conformar imágenes más amplias, tridimensionar lo estático, lo que parece no salirse de un recuadro. El cine, leer historias en la pantalla es renovar el contrato con la lap, saber que las hechuras podrían disfrutarse si están bien cortadas. 



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