jueves 14 de enero de 2010

.219.


Primer día

: (13/1/2010)




Algunas veces he creído que todas las historias de esta ciudad arman una sola historia, y uno sólo vive un fragmento de esa gran historia construida por muchas otras. Hoy viví una que más que ofuscarme, me dio la prueba de que uno sólo forma parte de una fracción mínima del mundo, y aunque ignora las demás fracciones que existen a su alrededor, llega un momento crucial donde hay un punto de encuentro. Quiero ser preciso, y quizá para hacerlo primero me tengo que aclarar escribiendo lo que me sucedió hoy. Cerca de las dos de la tarde salí a comprar café. En el boulevard, cuando manejaba y escuchaba esa canción de Cat Power que siempre he dicho, Ella reduce mi vida, tuve que frenar de golpe porque una persona se había atravesado en mi camino. Se trataba de un hombre entrado en carnes, que aparentaba tener cerca de cincuenta años y estar desequilibrado. ¿Por qué supongo esto? ¿Quién en su sano juicio se tira al pavimento de una carretera cuando el tráfico está en todo lo que puede estar? Me refiero a la hora pico. Luego de haber frenado el vehículo, apagué el motor y bajé para cerciorarme de no haberle hecho daño al hombre. El hombre, más que mostrar algún rasguño o golpe, se encontraba hecho un ovillo en el piso y se regodeaba por la estupidez que acababa de cometer. Pensé en patearlo para que reaccionara. Qué sé yo, para que entrara en razón y se pusiera en pie. Pero antes de agredirlo me pidió que no lo dañara, se puso en pie por sí mismo y me dijo que si lo llevaba al lugar indicado, al lugar que él tanto buscaba, me daría de recompensa algo que nunca antes le habían regalado a alguien. Todo pasó tan rápido, que posiblemente el hombre no usó esas palabras, pero estoy más que seguro que se refirió a eso, a darme algo a cambio de llevarlo a donde él lo pidiera. No sé bien si medité en el ofrecimiento, lo que sé es que los eventos que sucedieron después fueron que se subió a mi vehículo en menos de cinco minutos, que me dijo que no le gustaba Cat Power, luego de haber escuchado y apagado la música que sonaba en mi estéreo, que había una razón en concreto --quizá un capricho del azar de esos que mejor vendría no reflexionarlo-- la que hizo que nos encontráramos, y que presentía que yo estaba confundido. No tenía por qué confesarle las razones que me tenían, como él decía, confundido. Para ser honestos no era confusión lo que yo llegué a sentir la mañana del día de hoy, sino más bien una especie de impotencia, quizá. Pero lo que quiero contar aquí no es sobre mí, sino más bien lo que me sucedió junto a ese hombre.

Para terminar de una vez por todas con la obra de caridad que me encontraba haciendo, le pregunté al hombre que a dónde quería que lo llevara. Y él, yendo al grano, me dijo que al lugar donde yo creía se encontraba la felicidad. ¡Vaya mierda con las drogas que tomó este tipo!, pensé, y hasta estuve a punto de bajarlo del Chevy antes de arrancar. Detrás de mí estaban otros carros, y yo estaba obstruyendo el camino de otras personas. Sin embargo, el hombre bajó el cierre de su chamarra y la abrió para que yo mirara los fajos de billetes que llevaba escondidos. Me sorprendí. Mejor dicho, me asusté. Pensé –mi suerte nunca ha sido muy buena que digamos—que me había metido con un ladrón peligroso que se encontraba huyendo de algo, posiblemente de alguna corporación de sicarios de esas que están muy en boga en esta ciudad, o de la policía. Yo qué sé, tanta basura que le pasa a uno por la cabeza en situaciones difíciles. Pero pronto me calmó diciendo que manejara sin temor alguno, que venía del banco de cobrar un cheque, que necesitaba pensar en otras cosas, y que lo llevara a donde yo creía estaba la tranquilidad.

Conduje el carro al periférico. Quizás el hombre se relajaría cuando mirara los paisajes que se asoman desde la carretera que lleva al Cerro del Grillo o La Bufa. Permaneció callado largo tiempo, y cuando hablaba sólo me decía que en mí había encontrado a la persona correcta y que yo había asegurado mi futuro. De tanto escuchar el mismo tema, le pregunté a qué se refería. Pero el silencio fue lo único que tuve de respuesta. Calmé mi enojo, porque accidentalmente se trasminó un asunto mío con el del hombre. Es decir, yo había salido de casa no sólo porque necesitaba café, sino porque había tenido una discusión con mi esposa, una discusión que no terminó bien sólo porque no me dio las razones que yo tanto le pedía. Que el hombre aguardara tanto tiempo en silencio y me contestara lo mismo me hizo inquietarme. Preferí manejar a Veta Grande, puesto que ya le había dado tres vueltas al mirador que está en las faldas de La Bufa. Entrando al municipio por fin rompió el hielo y me contó su historia:

El hombre era contratista. Tenía su empresa en Aguascalientes y le habían secuestrado a su hija de 22 años hacía apenas un mes, en un viaje de prácticas que la chica había hecho a Zacatecas. La gente que lo había hecho le estaba pidiendo de rescate más de ochocientos mil pesos en efectivo. Y el hombre los consiguió en una semana. Vendió maquinaria, propiedades y dos autos, y entregó el pago las fechas que había pactado con los secuestradores. Sin embargo, los secuestradores no sólo recibieron el dinero, sino que también subieron la suma y le entregaron al contratista el dedo meñique de su hija, como una prueba de que si no conseguía más dinero en menos de una semana, lo que le entregarían después no sería otro dedo de su hija, sino a la misma muerta y en pedazos. Siendo honesto no tenía argumentos para contradecirlo, para decirle que a mí no me engañaba: hoy en día en esta ciudad todo mundo tiene algo que contar relacionado con el crimen organizado o un secuestro, tantas son las historias que van de boca en boca entre la gente, que las historias se han ido desgastando, convirtiendo en material trillado y hasta en el pan de cada día. En un principio fue el temor, y el temor se convirtió en prestigio para los bárbaros que buscaban el dominio del territorio, luego vino el mito, y con ello todas sus interpretaciones y tergiversaciones que pasaban de boca en boca, de persona a persona. No sé si la historia del hombre me conmovió y por eso dejé de juzgarlo como lo había estado juzgando antes; el hombre se veía descompuesto, sí, mostraba una descompostura ante lo que estaba a su alrededor, y lo que estaba a su alrededor no tenía ninguna injerencia en él. Es decir, no lo motivaba o le daba vida.

Detuve el carro. Deduje que estaba esperando de mí un consejo o un consuelo. Pero ¿qué podía decirle? No sé qué se aduce en esos momentos. Pensé en preguntarle de nuevo a dónde quería que lo llevara. Pero al escuchar “me mataron a la niña de mis ojos”, un sabor a desdicha se concentró en mi boca. ¿Por qué razones me encontraba yo allí, en la entrada de un municipio minero, escuchando la tragedia de un hombre desconocido? ¿Y por qué razones ese hombre decidió contarme a mí su tragedia y no a otra persona? Respuestas, uno siempre anda buscando respuestas creyendo que así solucionara sus conflictos. Pero no, las respuestas son sólo un acercamiento a cualquier solución, y hasta la negación a seguir un camino y la toma de decisiones a caminar por otro que posiblemente será el equivocado. O siempre vivimos equivocados, y con el estar buscando respuestas el único sendero que encontramos es la equivocación tras equivocación, como si ésta fuera un espejo interpuesto en medio de otros más para repetirse infinitamente.

“Sabe”, siguió el contratista con su historia, “junté el dinero que tanto me exigieron, pero el haber perdido bienes materiales y el haber hipotecado la casa no es lo que me…”, guardó silencio. No quise verlo llorar, no me sentí con el derecho. Miré por la ventana. Hay ciudades que tienen colores de gloria, de arrogancia, y otras de nostalgia y hasta de buenaventura. Zacatecas, en cambio, tiene un color a depresión desmesurada, a melancolía disfrazada de hospitalidad y servilismo. Pero hoy por la mañana, a pesar de que en la radio pronosticaron que nevaría, el sol se veía hermoso, sus rayos solares parecían cabellos dorados rompiendo los nubarrones y el viento. Eso hacía pensar que no me encontraba en Zacatecas, sino en otro lugar. No puedo precisar bien dónde, sólo puedo decir que me encontraba lejos. Imaginé un jardín de niños, sí, una guardería donde corrían algunos niños, todos disfrazados de animales de la selva, todos sonriendo y gritando y tratando de alcanzar una porción de felicidad que se encontraba flotando en los aires, como onduladas sábanas transparentes.

¿A dónde quiere que lo lleve?, volví a preguntarle al hombre cuando lo vi más relajado. Y en lugar de contestarme, volvió a encender mi estéreo, abrió la puerta del carro, y antes de bajar, se metió la mano entre su chamara, sacó un fajo de billetes y lo aventó al asiento. “Sólo un favor”, me dijo, “no le diga a nadie de esto, por favor”.




martes 29 de diciembre de 2009

.218.



Milorad Pavic Murió el 30 de noviembre de este año, y apenas hoy me doy cuenta de ello. No tengo mucho qué decir. Sólo que es mi novelista favorito. Que lo considero uno de los escritores que más le han aportado ideas substanciales a la literatura universal. Y que, a pesar de que sólo he leído un par de libros de él (Pieza única, Siete pecados capitales y Diccionario jázaro), es de los pocos escritores que muy difícilmente el tiempo hará que olvidemos. Su ingenio para construir tramas y estructuras narrativas tan hilarantes e innovadoras, su apuesta tan peculiar por fusionar géneros narrativos y temas universales (con Pavic no se sabe si estás leyendo textos fantásticos, extraños, hiperrealistas o una novela psicológica o detectivesca), y porque desde su idioma y cultura (serbia) construyó una nueva cosmovisión de la literatura no lo reafirmaran cada vez que lo leamos o releamos. Pavic, junto a Borges y a otros, es y será el maestro de la experimentación con hipertextualidades, autotextualidades, intertextualidades, el ficcionar la misma ficción y desarticular el tiempo de manera que el pasado, el presente y el futuro sean un sólo hilo conductor inalterable. Con su obra nos ha enseñado a pensar que esas herramientas, esos artificios, nunca serán anacrónicos y siempre estarán disponibles como armas fieles a la hora de experimentar con la narrativa. Creador de personajes tan peculiares, de temas casi únicos, Pavic seguirá con nosotros. Leamos lo que leamos en el presente, o en el futuro. Bien sabemos que sus libros rebasan la misma línea de la muerte para que sus lectores tengan a su lado esas historias que él construyó como una maquinaria de relojería más que prolija, más que perfecta.

Larga vida a Milorad Pavic y a su obra.





.217.



Corrección informativa



Estimados lectores, gente aquí presente, me declaro culpable. Yo —un pobre iluso zumbón— pensé que era gracioso hacer una broma que levantara el ánimo de muchos y las sospechas de otros. Pero veo que sólo levanté la molestia de tantos. Juro no volver hacerlo. Y me desmiento. No gané el Casa de las Américas. Perdón, Mario Martz, no era mi intención levantar tanto revuelo en Nicaragua, tampoco era mi intención irritarte. Sólo aproveché el día de los inocentes para hacer —como decimos en México— un leve chascarrillo. Juro no volver a jugar con ese prestigiado premio y espero no haber dañado la susceptibilidad de conocidos y desconocidos. Y prometo que para la próxima ocasión –si es que llego a ganar un premio literario tan prestigiado como el Casa— justificaré la noticia con archivos WEB o notas de periódico.




martes 22 de diciembre de 2009

.216.

Alguien dijo una vez, en una película de Wong Kar Wai, que la mejor manera de guardar un secreto es subir a la montaña más alta del sitio en el que te encuentras, buscar un árbol y debajo de su base, muy cerca de sus raíces, cavar un hoyo. En ese hoyo debes decir el secreto, gritarlo. Y por último volver a tapar con tierra lo escarbado y bajar de la montaña. Aquí en Zacatecas no hay montañas, hay cerros, son pelones y tienen uno que otro huizache o penca de nopal. ¿Por qué lo digo? Vivo en el semidesierto. Lugar donde, decía Diana, el crecimiento de nuestros habitantes es muy parecido al de las plantas. Nuestra taxonomía es tan parecida, que nos crecen espinas en los sentimientos para acorazarnos, para defendernos, así como a las plantas les crecen espinas en los tallos.

Durante años subí a los cerros a volar papalotes, lo hacía por las mañanas. Lo hacía para distraerme y pensar. ¿En qué? No sé. A veces no pensaba, sólo dejaba que el papalote bailara en el cielo al ritmo que el viento le mandara. A veces creía que el viento cantaba esa canción de Back and Forth de UNKLE. Esa canción que dice: “¿qué se siente estar de regreso? La vida es como un vertedero donde a veces estás abajo, y otras veces arriba. La vida, continuos cambios. A veces tienes a la mujer más hermosa del mundo y otras veces, no tienes a ninguna mujer hermosa. Back and Forth, Back and Forth and Never never land”.

Hoy subí muy temprano al cerro. Supuse que el viento me iba ayudar a mandar el papalote hasta lo más alto, lo inalcanzable para mis ojos, con ello perder un secreto en las nubes, y así liberarme de unas palabras que me han estado espinando el pecho y la lengua. Subí al cerro donde se encuentran las antenas de trasmisión de radio y televisión. Monté mi papalote esperando no ser vencido por el frío. Acomodé la cuerda en el carrete para que se deslizara perfectamente al poner el papalote frente al viento. Le dije el secreto en su pecho, muy cerca de las guías que lo urden y dan forma, y solté el papalote con todo y cuerda. Lo vi alejarse entre el capote azul, las nubes que lo cortan y el viento que acariciaba mi rostro y mantenía al papalote en su vuelo. Conforme pasó el tiempo el papalote se fue convirtiendo en una especie de mancha desdibujada, luego en un punto gris, hasta que desapareció.

Me quedé allí parado durante media hora, quizá más. Me convertí en una mancha desdibujada, en un punto gris, después bajé el cerro pensando en construir otro papalote para volver con más secretos. Porque las esas palabras que a veces guardas para otros no logran ser eficientes, no logran trasmitir lo que buscas que trasmitan.




lunes 21 de diciembre de 2009

.215.




Hace unos 6 meses me hice un esguince en el tobillo derecho. Fue en Córdoba, antes de regresarme a México. Sucedió en una borrachera en la cual celebramos mi cumpleaños. Después de ese triste suceso no quedé bien y dejé de jugar básquetbol las 6 horas que jugaba al día. Miento. Dejé de jugar básquetbol hace más de 7 años y ahora lo práctico casualmente, sólo cuando me da tristeza ver a Wilson allí todo abandonado y aburrido. Lo que sí es verdad es que no quedé bien del tobillo y el médico me recomendó que caminara mínimo 30 minutos diariamente.

Y hoy lo hice.

Fui a caminar al estadio donde juega el pésimo equipo de fútbol de Zacatecas, ahora no recuerdo muy bien su nombre, pero supongo que se sigue llamando La Real Sociedad, que es mejor conocido por sus derrotas y por su ineptitud en la cancha. En el estadio sólo se encontraba haciendo ejercicio una chica morena, bastante atlética y empeñada en superar su marca de tiempo. ¿Cómo lo sé? Pues no dejé de mirarla mientras yo caminaba. Vaya que la chica me sorprendió. Fácil dio más de 16 vueltas a la pista a una velocidad exagerada. Yo no corrí nunca, sólo caminé, fue lo que me recomendó el médico y no pienso desobedecerlo. De vez en cuando me acosté en el pasto para mirar el cielo y otras para beber agua.

Luego de unas 4 vueltas de mi parte, fácil unas 20 de la chica, entró un hombre vestido de traje al estadio. Sí, de traje, con su saco color negro, su pantalón de casimir, su camisa blanca, su corbata tornasol y sus zapatos bien lustrados. Se puso a trotar en la pista y después a correr. ¡Vaya loco!, me dije. Y cuando pasé a su lado me arrepentí de haberlo dicho. Descubrí que se trataba del padre de Luz, una amiga que había estudiado conmigo en la preparatoria y a la cual le profesé un cariño incondicional. Luz me enseñó a no odiar las matemáticas, cuando yo la traté de enseñar a no maldecir la literatura.

Todo sucedió así.

En las ocasiones que Luz tenía problemas con materias de humanidades, yo, el gran amigo salvador, llegaba con todo mi bagaje cultural y la rescataba de las enormes fauces y garras de los exámenes, ayudándole a que sacara una calificación muy por encima de la media. Y Luz, cuando yo me sentía un rival débil al lado de los números, las ecuaciones y las fórmulas, llegaba mi gran hada madrina y con su varita mágica resolvía los problemas. Supongo que gracias a ella saqué la preparatoria, y Luz, gracias a mí, hizo lo mismo.

Tenía años sin ver a su padre, que siempre me invitaba a comer para que le recomendará libros y hasta para platicar sobre la situación política del país. Don Pedro, así se llama el padre de Luz, fue un estupendo matemático que dio clases en la preparatoria a más de 5 generaciones. Carismático y hasta bromista, nos hacía reír bastante a su hija y a mí cuando yo los visitaba o cuando iba por nosotros a la preparatoria. Me detuve y lo saludé. Don Pedro se encontraba haciendo flexiones sin tomar en cuenta que su limpio traje se estaba llenando de barro y pasto. El hombre no me reconoció. Sólo me dijo hola y siguió muy concentrado en sus ejercicios. Seguro me había confundido. Pero conforme lo veía, me negué a creerlo. Luz tenía el mismo pelo trigueño que su padre, los mismos ojos verdes y hasta ese tono apiñonado de piel que tanto le llegué a chulear. Podríamos decir que Luz era su padre y viceversa. Y no me estaba confundiendo. Luego pensé que quizá don Pedro no me reconocía porque yo había cambiado, pero no, sigo siendo el mismo chico desgarbado, con cara de pollo y cabellos desordenados.

Seguí caminando. Hasta como a la decimotercera vuelta don Pedro y yo nos cruzamos de nuevo y me saludó. Para ser honestos no fue propiamente un saludo. Me preguntó por qué el estadio estaba tan vacío. A lo que no supe qué contestarle. Agregó que toda la gente era una floja y más los jugadores de La Real Sociedad, y que sólo entrenaban porque les pagaban y que él, por el contrario, entrenaba por gusto y amor al deporte. Se acomodó su corbata y siguió con que tenía una lesión en una pantorrilla y que por eso estaba fuera de temporada, pero que lucharía por volver a las filas de su equipo y hasta por ganar la liguilla. Me sorprendí y no supe qué contestarle. Don Pedro nunca se había interesado por esos temas. Aborrecía el deporte, puesto que siempre fue un hombre rollizo y glotón que se la pasaba en su estudio. Me negué a pensar que se la habían fundido los fusibles. Pero cuándo me preguntó que yo en qué equipo jugaba, no sólo pensé que se le habían fundido los fusibles, sino el procesador entero. Dudé en cambiar de tema: preguntarle por su hija Luz y cómo la llevaba él como maestro. Pero luego de un incómodo silencio, y de mirarlo tanto en espera de que me reconociera, mandé toda esperanza al carajo y yo también me metí en mi papel del impostor, que me sale de maravilla. Le dije que era líbero de las fuerzas básicas de los Pumas y que pensaba largarme de México gracias a un futuro fichaje que me había ofrecido el Barcelona y que pensaba, además, ganar algún día el Pichichi, la Eurocopa y la Confederaciones, y que mi mayor propósito en la vida era comprar el equipo del América sólo para desaparecerlo del mapa. Don Pedro me miró pensativo. Deduje: ya valió madres, ya me reconoció y se ha dado cuenta que le estoy tomando el pelo. Pero no. Me contestó: “Esa actitud deberían de tener todos los deportistas de esta ciudad, y no sólo los deportistas, todos los jóvenes. No, no sólo los jóvenes, la ciudadanía entera. Perfecto, muchacho, ¿no crees que podríamos entrenar juntos? Yo aún soy joven y también deseo salir de esta ciudad. Podemos hacer un equipo”. Le contesté que estaba de acuerdo, que nos veríamos mañana a la misma hora y en el mismo lugar, y que estuviera preparado para una prueba física poderosa. Y nos despedimos.

Al llegar a mi casa busqué en mi agenda de la preparatoria el número telefónico de Luz. Luego de haberle marcado, me contestó. Tenía años sin hablar con ella. Se puso tan contenta por escucharme y porque me había dado la oportunidad de buscarla. Después intercambiamos información personal y por último, cuando me dispuse a preguntarle por su padre, ella misma lo sacó al tema diciéndome que le habían detectado esquizofrenia catatónica y que se encontraba extraviado. Enmudecí. Me dijo que tenía dos semanas, pero que había estado haciéndolo consecutivamente. Fácil, ésta era la sexta vez que se le había extraviado en este año y ya estaba cansada, desgastada por vivir bajo esa situación. Hubo un silencio al otro lado de la línea. Supuse que a mi amiga se le estarían escapando un par de lágrimas. Quiso decir algo, pero se le desmadejó la voz. Posiblemente se mordió los labios tan fuerte, que se negó a hablar porque seguro diría algo que la haría arrepentirse después. No supe si decirle que había visto a su padre, que habíamos tenido una conversación futbolística. Tampoco supe si era mejor mentirle o guardarme todo para mí. Hay veces que dejo todo a la intuición, actúo con base a la intuición, pero últimamente me ha estado fallando. He meditado muy seriamente cambiar de estrategia. Quizá así las cosas puedan salir como mejor deben salir. Me tardé tanto en hablar y Luz también, que terminó por despedirse. Me deseó felices fiestas, que no me olvidara de ella. Y me colgó. Dudé en volver a marcarle. Dudé en meterme a bañar. Dudé en volver a salir al estadio. En lugar de eso, me vine a la computadora y me puse a escribir esto.



domingo 13 de diciembre de 2009

.214.

Vaya que las vacaciones son raras. ¿El raro es uno? No es buena la noche para ponerse a resolver preguntas ontológicas. Más bien las vacaciones, por más que uno se proponga a hacer lo contrario, son días de pura inactividad. Uno quiere terminar de leer un libro choncho en dos horas, escribir un relato en un día y hasta ir al cine y hacer un artículo de un tirón respecto a la película que vio. Pero no sale. No se dan las cosas como uno las pide. Mi abuela dice cada vez que la visito, Hijo, uno no puede tener todo en este mundo. Yo no le hago caso, por eso casi nunca la visito. Tampoco puedo decirle, Abuela, no mame, todo se puede tener en este mundo, por lo menos en la cabeza. Sé que si se lo digo no me va a bajar de niño cabrón, como siempre me reprende. Esa abuela, tan buenos raunds que nos damos cada vez que pone su postura sobre la vida en la charla, y yo, más que incendiario, la contradigo. ¿Quién va a querer a la abuela más que yo, bola de nietos encalmados? No la visito, pero siempre la llevo en mi alma y en mi corazón. No cabe duda que los golpes nos unen. Bien comprobado lo tengo con nuestra gran relación abuela/nieto. En fin. El motivo de mi post no es hablar de esa pobre mujer que tanto quiero, sino de otra cosa y esa cosa es.

Ya no me acuerdo.

Miento. Sí me acuerdo. Y muy bien.

Vengo llegando de la calle, puesto que hoy hice mis tareas en la casa y quise salir a tomar el aire y ver en cuánto costaba mi Play Station que tanto merezco. El precio no lo diré por aquí, sólo diré que gastar en ese cacharro me va a dejar tres meses sin comer, o bien, pasar una dieta de puras quesadillas. Claro que la abuela, a pesar de que es dueña de muchas tierras y está más que cuajada en dinero, no me va a prestar dinero para darme ese lujito, como ya lo dije antes, o bien, lo dijo ella, No se puede tener todo en este mundo. Y ella ayuda más que otra persona a que suceda así. Vaya cosas. Por esa razón y muchas otras, dije, Vamos a escribirle una carta a Santa.

Inicia así:

Dear Santa,

Mejor en español, que tal que el viejo no me quiere contestar porque le pido las cosas en inglés.

Querido Santa,

La verdad no sé si existas, he pasado muchos años esperándote y has brillado por tu ausencia, como dicen en el teatro español. Alguna vez consideré contratar a un detective para que te buscara, pero nunca tuve dinero para hacerlo. Hoy creo que lo tengo, pero no voy a pagarle a un detective para que te busque, prefiero comprarme mi Play Station 2, para hacer mi venganza y demostrarte que contigo y sin ti yo puedo hacer las cosas, maldito gordo emboba niños. Pero hagamos las paces. Ni tú eres el súper héroe que todos los niños esperamos, ni yo me he portado tan bien como para haber merecido eso que tanto te pedí de niño. Ahora estoy grande y debemos de poner las cosas en claro. Creo que sé negociar y llegaremos a un acuerdo.

Ya no creo en ti, ése es mi primer golpe. Y aunque existieras y vinieras a mi casa para solucionar ese daño, tendrías que traerme muchos regalos, muchos, muchos. Me debes bastantes, debes recordar. Pero como quiero llegar a un acuerdo, porque como tú y muchos otros saben, soy humanista y me gusta arreglar la cosas con acuerdos y escuchando, te voy a dar otra oportunidad. Una última. Así que pon mucha atención.

De antemano sigo en mi postura. No existes, pero si existes quiero que leas esta carta detenidamente y sopeses muy bien las cosas. Si no quieres perder a un gran hombre, una gran amistad, un gran creyente de la idea santaclauseradelosregalosqueunotantomerece. Espera, antes de mi amenaza debo aclarar que de niño formé mi club de creyentes que se manifestaba con esa frase a favor de la fe que te teníamos. Sigo con mi amenaza, si no me traes lo que te exijo, ya no es pido, me vas a perder para siempre. Sí, para siempre. Perderás a un hombre que en un futuro tendrá mucho poder, tanto, que se hará de un grupo de mercenarios y de armas y de bombas y de todas esas cosas que le hacen daño al otro, para irte a buscar a donde vivas y allí pondremos las cosas claras. Tú, tus enanos inadaptados y transgénicos, tus renos esos que no son más que venados desnutridos, contra mi grupo de amigos sedientos de hacer daño. Sé que no soy el único dolido contigo, y muchos se unirán a mi grupo para hacer venganza. Muchos están de mi parte. Y lo sabes.

En fin. Espero no tomes esto como una amenaza, más bien te invito a que lo veas como una invitación a que te pongas a meditar y soluciones de una vez por todas las cosas, por tu bien, por tu bien, reflexiona.

Ahora paso a darte mi lista de deseos.

1: Que se caiga el edificio que tanto he deseado que se derrumbe. Tú y yo bien sabemos cuál, por detalles de amistad y por mi bien político no puedo decir. Pero tú sabes, no me hagas preguntas, por favor.

2: Que se mueran Calderón y sus cuates. Le harías un favor al país.

3: Que bajen los precios de los libros, de manera que no afecten a los libreros, editores, escritores e imprentas.

4: Que Slim, junto contigo, reflexione y todo su dinero, o parte de esa gran fortuna que posee, se la dé a los muchos que la necesitamos. Bueno, la verdad a mí no, pero con su fortuna podemos suprimir más de la mitad de la pobreza de México. Eso sí se puede.

5: Que encierres en una jaula con muchas ratas a Ulises Ruiz y no lo dejes salir hasta que las ratas lo hayan convertido en popo.

6: Que la gobernadora de mi ciudad, alías Tu tía, así le dicen todos, se tropiece un día de la escalinata de La plaza de armas y no se levante nunca. Lo mejor que podríamos hacerle después es convertirla en monumento de cantera para que todos los perros la orinen y las palomas la caguen. No tengo ningún problema contra los políticos, debo aclarar, tampoco con las secreciones corporales, pero esa es una bonita manera de mostrarle nuestro cariño como ciudadanos.

7: Como éste es mi número de la suerte, les dejó a los lectores un espacio en blanco para que pidan su deseo, para que vean que yo sí soy amigo ___________________________________

8: Que los Zetas se conviertan en Equis y dejen, de una vez por todas, de existir.

9: Que desaparezca Televisa. La culpable de la ineptitud de muchos mexicanos.

10: Que le dé un paro cardiaco a Carlos Fuentes, ya está ruco y ha comenzado a escribir muchas tonterías.

11: Creo que es hora de pasar a lo personal. Una mujer que me acepte. No más.

12: Si no existe alguna. Te pido un súper poder que me ayude a controlar mi libido, que ha causado muchas catástrofes y hasta heridas.

13: Que me regales un vuelo de vuelta a España. No es que me haya aburrido de México, es sólo que haya me espera un gran camino. Eso creo.

14: El premio que tú y yo sabemos bien merezco. No te vayas a hacer pato este año.

15: Una beca académica en la playa. No importa que no sea en Bilbao.

16: Trabajo aún mejor pagado. De escritor. No te hagas oreja.

17: Viajar todo el 2010. Del norte al sur, del sur al centro y del centro al norte y así hasta que me canse.

18: No importa que me tengas otro año más en la pobreza, si ya me has tenido 25. Pero hazme un pobre feliz. De esos que andan en las calles sin dinero, pero siempre con una sonrisa de oreja o oreja.

19: Que les cumplas a mis familiares todo lo que te piden, de lo contrario ya sabes cómo nos vamos arreglar.

20: La última. Bueno, ya sabes qué es. Esto te lo digo por un mensaje de celular, asunto más que privado. Tiene que ver con H, pero no se diga más que después me ventaneas.

Espero que reflexiones, querido Santa y podamos llevar la relación tranquila.

No era mi intención molestarte, pero sí hacerte pasar un muy mal rato, como esos que tú me hiciste pasar a mí cuando era un niño que creía fielmente en el hombre del traje rojo y de barba blanca.

Se despide tu más noble descreído.

J.F.


jueves 10 de diciembre de 2009

.213.





Hay días en los que uno se despierta con tantas ganas de escribir y termina escribiendo nada. Hoy fue un día de esos. Luego de llegar al departamento por la mañana, queriendo retomar el proyecto que comencé en septiembre como un desaforado, preferí irme mejor al cajón de los tapetes, sacar un mandil y ponérmelo como buen amo de casa. Con algo de hambre comencé a hacer de desayunar burritos de fríjoles con queso. Para ser honesto era un encargo de H. H trabaja toda la mañana y parte de la tarde. A veces le es imposible darse unos minutos para ir a comprar algo de comer. Así que yo y mi gran mandil de cuadros rojos nos pusimos a cocinar. La receta para hacer burritos de fríjoles con queso es fácil. En sí sólo eso llevan: tortilla de harina, fríjoles machacados con amor y hasta nostalgia y unas rodajas de queso muy finas. La forma de preparación también es fácil: la tortilla de harina debe de ponerse en el comal a fuego lento, y luego embarrarse los fríjoles en ella, al igual que el queso ya derretido.
Como terminé rápido, me puse a lavar los trastos. Bueno, mi mandil y yo nos pusimos a lavarlos. No tardamos mucho tiempo, puesto que el café que me había servido antes de comenzar el aseo aún seguía caliente cuando lo retomé. Me senté en la silla del comedor del pequeño departamento donde vivo, comencé a leer La lotería de San Jorge de Álvaro Uribe. No sé si a muchos les pasa. Pero a mí me pasa siempre. Cuando abro un buen libro, uno que esté compuesto por una prosa poderosa y personajes más que sólidos, lo aviento y me animo a escribir otro. Bueno, no tanto escribir un libro, sino un relato. Luego de haber leído el primer capítulo de esta novela, agarré mi libreta y comencé a trazar personajes, situaciones, conflictos y hasta una especie de venganza que no pude resolver durante una hora. Juro que luché como un espartano que ama su patria. Yo amé mi relato.
Preferí encender la televisión y ver las noticias. Mejor dicho, unos de los pocos programas locales que salen en el curso de la mañana. Son tan patéticos los locutores en esos programas. Ni siquiera saben sostener un buen diálogo, se aburren de ellos mismos y aburren al auditorio y creo que hasta han de aburrir a los productores. Cada vez estoy más de acuerdo que en esta ciudad no se nos da mucho tener talento en eso de la comunicación. Por esa razón posiblemente el programa se les va en comercial tras comercial y uno termina por enterarse de nada. Bueno, por enterarse de las cremas, alimentos y aparatos para adelgazar que tanto promocionan los comerciales. Un fiasco, si me lo preguntan. Aunque de antemano sé que nadie me lo va a preguntar.
Luego de que me terminé mi café, vi la hora y supe que no tardaría H en ir por los burritos. Ya los tenía listos, sobre la mesa. Espere a que me mandara el mensaje con el que me avisa que ya está abajo del departamento. Mientras tanto intenté resolver o seguir lo que había escrito. No hubo gran avance. En sí, no hubo avance. Debía aceptarlo. Ni yo era el escritor que ese cuento esperaba. Ni el cuento era la gran historia que yo quería contar. Para ser más precisos, esa historia no me pertenecía. Y de seguro otro, uno más inteligente que yo, quizás una mujer mulata que vive en la Habana ya la estaba escribiendo. Y mi mala intuición y poca pericia no hicieron nada por arrebatarle esa historia. No me quise poner necio. Mejor aventé la pluma y la libreta al sillón, diciendo, Historias hay muchas.
Llegó H. Antes de que mi mandil y yo bajáramos entregarle los burros, los puse en un pliego de papel aluminio. Para aquellos que no lo saben, como yo en su momento, los alimentos almacenan mejor su calor en papel aluminio. Listos y envueltos los burros, bajamos mi mandil de cuadros rojos y yo para con H. Luego de que vio su desayuno, me dio el beso de buenos días, me dio las gracias, y me preguntó cómo me estaba yendo en el trabajo. Bien, le contesté para no hacerla entrar en detalles baladís. Y me dijo, Ponte las pilas, Pollo, (así me dice cuando trata de ser cariñosa y darme ánimos). Luego encendió su carro. Organizó su día, puesto que ella sí tenía mucho trabajo y quería terminarlo todo antes de la tarde y se despidió dándome otro beso.
Me quedé a ver el cerro que se encuentra frente a mi departamento. No es un cerro grande ni plagado de hierbas que lo hagan tupido de un verde natural. Es sólo un cerro y ya. Un cerro del semidesierto, que si yo tuviera un arsenal de dinamita seguro lo derrumbaría. Pero no es mi caso. Yo no soy un mercenario con el poder suficiente para derrumbar ese cerro. Ni el cerro tiene la culpa de que las cosas no salgan como uno las planea.
De regreso a la cocina de mi pequeño departamento, me puse a porfiar con la trama de la indomable historia. Antes de escribir cualquier cosa me imaginé muy serena acostada en su hamaca a aquella mulata que yo suponía estaba escribiendo el mismo cuento que yo, y me dije, Ni madres, esa historia es mía y se la voy a arrebatar. Y seguí llenando mi libreta de palabras y palabras. Algunas con significado y otras, posiblemente, sin significado. A los pocos minutos mi celular detuvo mi gran lucha. No acostumbro a contestarlo cuando me encuentro en horas de trabajo. Pero como la llamada era de un número de Oaxaca, lo hice.
Era T quien estaba del otro lado de la línea. Quería hablarme de un travesti que habíamos conocido en un lugar remoto llamado Yardas. Debo decir que no es una cantina o un bar in. Para ser honestos, la gente acude allí con ganas de sexo rápido y de ver cuarentonas semidesnudas bailando canciones de Metallica y hasta Pink Floyd. Escuché la historia de T, que trataba de aquel travesti y otras cosas más que no recuerdo bien. Luego me preguntó cuándo iríamos nuevamente a ver el show y no supe qué contestarle. Nosotros no vamos a buscar sexo al Yardas. Hemos descubierto que es uno de los mejores lugares para platicar de cosas entrañables y hasta de negocios. Sí, de libros, editoriales, ferias del libro, escritores y otras cosas. Hasta de programación de software y de la iniciativa privada, si P así lo quiere. Y bueno, la cerveza allí es muy barata. La última vez que fuimos P, T y yo me abordó una mujer. Quería bailar conmigo como diera lugar. No era fea, ni bonita, ni estaba en término medio. Pero ya lo dije. Yo no acudo al Yardas para flirtear. Lo que hice para quitármela de encima (porque yo no bailo ni en defensa propia) fue decirle que era padrote de dos gays y me encontraba cuidándolos, o sea de P y T. La mujer no tan convencida de mi mentira fue a preguntarles a P y a T si era verdad. Esto les provocó a mis acompañantes una especie de enojo mesurado, que pronto se les pasó con unas cervezas. Bueno, y unas mentadas de madre silenciosas por parte de la sexoservidora. No me van a negar que funcionara mi táctica. La mujer dejó de molestar. Algunas prostitutas no entienden que cuando uno acude a sus zonas de trabajo no es para buscar sexo, sino más bien, en mi caso, para resolver una trama o pensar las cosas más fríamente, gracias al calor de unas cervezas bien conjugadas y a las canciones. Vaya ñoño, lo pienso ahora que leo esto luego de que lo escribí.
Me quedé de ver con T para el día siguiente, o sea mañana. Y luego de que le colgué, o me colgó, no recuerdo, volví a leer a Uribe. Seguro me daría más fuerza para continuar con mi gran relato. Pero me enganchó tanto la lectura sobre los facundistas en Córdoba y su revolución, que mejor decidí leer de un tirón el libro. Pero oh!!, vayas situación. El vecino, muy buen y amigable vecino puso sus canciones norteñas a una hora en la que uno presupone es de trabajo. Lo peor del caso no es que ponga sus canciones a todo volumen. Es que se ponga a cantarlas y a gritar como si en verdad fuera el cantante que todos los habitantes del edificio esperamos. Grita como si lo estuvieran matando, si me lo preguntan, aunque de antemano sé que nadie me va a preguntar.
Dieron las tres de la tarde. Le di la victoria a la mulata de la Habana y a mi vecino, y me puse a ver la tele. De seguro la mulata estaba festejando mi derrota con un rico ron, mirando hacia el mar con una gran sonrisa, quizá diciendo, Chico mexicano, this over, i winner. No sé si las mulatas hablen inglés. Lo digo por eso que se dice que odian a los yanquis. Nunca he ido a Cuba para comprobarlo. Pero sé que algún día, uno muy cercano, iré. No entiendo porque cuando decimos Alemania nos imaginamos a un rubio robusto de ojos azules, de gestos oscilando entre lo fino y lo hosco y abrigado con un abrigo gris. O bien, a los extranjeros les dicen México y se imaginan a un pinche ranchero recargado a un nopal, con su respectivo sombrero tapándole el sol, muy cómodo esperando a que llegue el redentor. No me quise rayar con eso. Mejor me pregunté dónde quedaron todas esas ganas de escribir. Pero no supe qué contestarme. A veces creo que los libros son puro placebo, también la escritura. Y otras me arrepiento de haber pensado eso. En realidad sí supe dónde quedaron todas esas ganas de escribir, pero me dio flojera seguir con la respuesta. Me puse a ver las caricaturas. Tenía meses que no lo hacía. Me parecieron terroríficas. ¡Qué digo terroríficas! Indignantes esos malditos monos verdes y rojos y azules bailando disfrazados de animales raros, bailando tap mientras se crean un mundo alterno en sus juegos. ¿A poco eso es lo que ahora ven nuestros hijos?, me pregunté. Y pronto me relajé. Yo no tengo hijos, y mi importa un bledo como se eduque el hijo del vecino. Mis problemas eran más graves que esos. Y mejor debía de solucionarlos si no quería pasar un día más sin haber trabajado.
Así que me puse a escribir esto. Que si me lo preguntan, aunque creo que nadie lo hará, no es gran cosa.


viernes 4 de diciembre de 2009

.212.


Apuntes sueltos mirando a un cerro del semidesierto



para H, mi heraldo negro

01: Hoy eso ahora no importa, como no importan muchas cosas de las que habla uno cuando supone hablar de sí mismo. No quiero hablar de ello. Es producto del Ego, supongo. Y uno siempre termina hablando de sí cuando quiere hablar del todo o los demás o lo importante. E ignora el todo, a los demás. Ignora lo importante. Reflexionar es apenas acercarnos a un punto o desdibujarlo. Conocer es desconocer. Uno cree que se funde con el todo y puede ser el todo cuando dice, habla o escribe sobre algo. Es la edad, esos años, esa corta edad que nos hace petulantes, presuntuosos y hasta soberbios; creernos muy por encima de los otros, y de lo que realmente sentimos. Nacimos inmaduros y moriremos inmaduros. ¿A qué edad entonces sabremos quiénes somos? ¿A qué edad entonces podremos conocer por completo los pliegues que nos conforman, los discursos, los lenguajes, las mentiras o las verdades que creemos son parte fundamental del yo? Estamos condenados a no saber quiénes somos y a no comprender nuestras emociones. Sólo nos interpretamos con discursos o juicos ajenos, propios e impropios. Nos idealizamos. Y apenas sin conocer bien nuestros sentimientos idealizamos al otro. Apenas sin saber qué significa amar amamos. La palabra se trastoca cuando la llevamos a la práctica, cambia, se tergiversa, se mal entiende. Las palabras. Las palabras. Es producto de una falta, o de un querer buscar y encontrar el reflejo de uno mismo en el otro, aquel que uno cree amar con las uñas, con la carne y con los huesos. Amar, podría decirse, no es parte de un nervio interno, sino externo, la parte o las partes que están fuera del cuerpo. Amamos con las extremidades. En el acto sexual nos aferramos a atenazar al otro hasta que creemos estar vacios, hasta que creemos vaciarnos completamente en la luz. Y nos sentimos rejuvenecidos. Que la sangre de la niñez y la alegría corre dentro, muy dentro de nuestras arterias. Amar es buscar el sentimiento de propiedad. Desatar el verbo dominar, la emoción de dominar al otro. No por nada el odio es lo más cercano al amor. Un velo casi transparente divide el primer sentimiento de su contraparte o antónimo. “Odiar a una mujer, para un hombre, hace que el sexo sea más excitante. Cuando atrapas a una mujer dominándola... debe ser muy parecido a matarla. Tú eres un hombre. Debes saber de ello.” (Disgrace, J.M. Coetzee).




02: Hoy eso no importa, como no importan tantas otras cosas. No importa el yo, importa el tú, y el tú y el nosotros o aquellos está dentro de yo. Y no quiero hablar de ello. Quiero hablar, por ejemplo, de que uno no se ama así mismo, busca amarse en el otro. Es el viaje, el periplo a rectificar sus errores en el otro, las piezas dañadas en el pasado. Amar es, también, armar y armarnos en el otro. La búsqueda de llenar las carencias, los huecos, reconocer y redescubrir lo que conocimos en un pasado perdido y echamos de menos. Con nuestras piezas nos montamos, desmantelamos y destruimos en el otro. Amar también es un acto de destrucción. Hacerse garras fuera y dentro del otro. “Through all these tears/ No light appears/ And all that trust/ Has turned to dust”. (Inside, Unkle). Toda seducción desata el deseo. El deseo de que ambos estén lejanos, alejados, de espaldas, negándose a mostrar lo que manda en sus emociones. Necesidad de necesitarse. Amar también es censura. Guardarse para sí lo que nace en los intestinos, hacerlo mierda dentro de uno mismo para no dañar. En consecuencia nos sentimos en la necedad de ser amados y amar bajo el sentimiento de extrañar. Extraño a aquel que está lejos, que no está junto a mí más que por su viva y su latente ausencia. Se ama con la suma y resta de los recuerdos. Uno arrastra hacia el otro ese costal que llenamos con emociones en un pasado que supimos compartir con el otro; el pasado como cúmulo de recuerdos desdibujados que nos disponemos a borrar o volver a trazarnos. El primer beso y la primera caricia es el primer ejemplo: el primer beso y la primera caricia encienden la llama interior desconocida. Buscamos el fuego que alimentará o mantendrá encendida esa llama en el otro. “I gave a lot to you/ I take a lot from you too/ you slave a lot for me”. (The New, Interpol). Creemos tener la felicidad cuando uno se entrega al otro, y el otro simula ser, o entregarse. Pero no percibimos que estamos entrando, desatando la muerte del deseo. Entregarse es la anulación total del yo, para dar entrada a la razón y tacto del otro.




viernes 27 de noviembre de 2009

.211.



Querido Gustavo Sainz,


Hace meses que no te leía y que no me daba una vuelta por tu blog. No sabes cuánto me agrada que me tengas entre tus links que dice: “Blogs que leo con gusto”. Yo comparto la misma afinidad. Leo con gusto tus libros y lo que subes a tu espacio. Sin embargo, el motivo de mi carta no es ése sino otro, que considero incipiente, pero bien va ligado a lo mismo. Luego de haber leído hace dos días A troche y moche para exponerla en la escuela que estudio, en la clase de Literatura Mexicana, impartida por Alberto Vital, me hice varias preguntas respecto a tu obra y a la generación que muchos, neciamente, te han querido acomodar. Me refiero a la generación de La onda.

No me gustaría comenzar disparando preguntas, sino más bien mostrando afirmaciones. Me gustó tu novela, el juego de las intertextualidades que la urden y su estructura fragmentaria, que se va nutriendo de las voces de otros conforme se construye. No cabe duda que perteneces a una estirpe de escritores que se renuevan en cada novela y se ponen nuevos retos a la hora de narrar o construir historias. Esto se demuestra en dos niveles que me gustaría resaltar sucintamente.

Por un lado, el personaje hecho de recuerdos, de intertextualidades o notas informativas que nos dan noticia de otros sucesos. Ese robo, boicoteo y apropiación de información para personalizarla. Tu personaje es, mejor dicho, un elemento dimensionado por muchos lenguajes, muchas historias; voces que interactúan entre sí mismas, se unen y desunen. Es un personaje posmoderno, alienado por la literatura y todo lo que tenga que ver con el arte y las noticias sobre el arte. Por otro lado, la estructura de la novela me desconcertó, no de mal modo, debo aclarar. Fue un desconcierto dulce, que saboreé una y otra vez página tras página.

Página tras página me pregunté: ¿cómo una historia aparentemente fácil se pudo contar de una forma tan experimental y hasta poética? La historia de un secuestro y los 28 días que dura secuestrado un escritor no son totalmente lo importante en A troche y moche. Lo importante es la manera en cómo están acomodados los elementos que componen la historia, el lenguaje bien calibrado dentro de una estructura muy equiparable a la que muchos poetas modernistas utilizaron. Importa el ritmo, el ritmo es una parte fundamental siempre en tu obra. En A troche y moche, me atrevería a decir, no hay ni una palabra que sobre, ni falte, ni una imagen compelida, ni un recuerdo obligado. Esas alusiones al silencio como oscuridad, al amor y la seducción; esas invitaciones que tu personaje le hace al lector a que considere la opción de que el ser humano es la suma de sus defectos y recuerdos también son dominantes en A troche y moche.

Algunas veces los personajes que están alrededor del Escritor desdichado, o que él recuerda, parecen fantasmas, seres que posiblemente no existen y se nos presentan como un mero producto de su imaginación atrofiada, velos de humo (debo decir que el personaje ha sido golpeado, está desnutrido y posiblemente más que sediento). Esto no demerita o le quita valor a la novela. Por el contrario, siembra la duda constantemente en el lector y potencializa la intriga. Uno, hombre que está condenado a no ver más allá de la historia que le están contando, más que cuando llega a su fin o se pasa las páginas testarudamente, se pregunta mientras está leyendo A troche y moche: ¿posiblemente nada de lo que está pasando en este historia es verdad, y todo es un producto de un escritor que se está construyendo a sí mismo y a los otros, mientras está escribiendo una novela, o alguien está escribiendo una novela sobre ese secuestro y él como víctima?

Sí, me refiero a esos pliegues metatextuales muy en boga en la posmodernidad, que nos hacen reflexionar: ¿cuál es la verdad dentro de esa realidad que estoy leyendo? Ante tantos discursos, afirmaciones, negaciones y teorías que se dicen y se callan. Uno siempre prefiere contestarse, refugiarse, con la literatura. Todos somos seres constituidos por lenguaje. Bien nos podríamos contestar con una frase de Beckett, que por lo visto también es uno de tus narradores favoritos, “la realidad no es más que un balbuceo de la verdad”.

A troche y noche está escrita bajo estos cuestionamientos: el Escritor desdichado se pregunta continuamente ¿por qué lo secuestraron?, ¿quiénes lo secuestraron, ¿dónde se encuentra y cuándo lo dejarán libre? ¿En qué realidad está viviendo y cuál es la verdad de las cosas? Al no tener respuesta de nada, se convierte en un cráneo que dispara recuerdos; de su esposa, de la editora que lo enamoró, de su premio, de su novela y la información que los libros le han dado. Unos lamentamos con lágrimas, tu personaje se lamenta con recuerdos o pensamientos, pacié, dirás tú ante esta frase.

Este secuestro bien podría ser una alegoría de cómo nos aprisiona el exceso de información, lo mediático. Cómo los seres humanos vamos perdiendo nuestra primera voz, voz materna, voz no contaminada. Así como uno es la suma de sus recuerdos y defectos, también es la suma de lo que lee, ve, conoce y desconoce. Nos fundimos con el todo, o tratamos de fundirnos con el todo. Ficcionar es también ficcionarnos, barthé.

Las preguntas que me nacieron cuando terminé de leerte, se refieren a ese alejamiento tuyo de la literatura nacional, y muy particularmente de la generación, que muchos argumentan, perteneces, La onda. Durante clases algunos alumnos se preguntaron: “¿en realidad Gustavo Sainz perteneció a esa generación?” A lo que yo les contesté desde mi postura como lector, “posiblemente sí, en el momento de su nacimiento, pero creo que ha superado a sus compañeros en cada novela que ha escrito, y con ello se fue separando”. Y seguí: “Sainz ha sabido imbricar la academia con la creación. Sus novelas lo demuestran, y su trayectoria en Bloomington también. Tiene un pie en la universidad y otro en su biblioteca. Supongo que él no se reconoce en una generación en sí, sino más bien en una trama de novelas que están tramando un género particular, ambas cosas que él mismo ha ido construyendo con el tiempo. Ese género bien podría ser la Novela virtual, donde lo más importante no es lo que se cuenta, sino cómo se cuenta y los recursos que se utilizan y se conectan. Género, que al igual que la virtualidad, se nutre de muchos elementos, tanto morales, emocionales y los grandes relatos de la vida como lo son el amor y la muerte, el fracaso y el éxito, y las interpretaciones que muchos seres humanos les hemos dado o escrito para explicarnos nuestra existencia. Género que sabe que los grandes temas en la literatura están escritos, y que pretende reescribirlos o desdibujarlos de una forma distinta, con una nueva pluma. Género que pretende mostrar un todo en un solo personaje, o en muchos personajes; personajes que se alimentan de la literatura de otros, de muchos, de los estudios sobre la realidad social y científica”.

Estas apuestas, que siempre son interpretaciones desde un lugar privado, me ayudaron a argumentar que te has distanciado en gran medida de La onda, generación que se preocupaba, más que ninguna otra, por la oralidad urbana, el sexo y siempre el sexo, los conflictos emocionales de los adolescentes y en cierta parte del contexto social del país.

No hubo controversia en el salón de clases. Hubo, más bien, más preguntas. ¿Que si Parménides García Saldaña era el más irreverente y arrebatado de esa generación? ¿Que si José Agustín era, es o seguía siendo, el patriarca de esta generación? ¿Que si en verdad existió y existe esa generación?, entre otros cuestionamientos, que bien podrían hablarse en otra carta.

Te mando un abrazo muy grande, de alumno a maestro, y por los libros futuros.


miércoles 25 de noviembre de 2009

.210.


Fundación Antonio Gala




Han pasado más de cuatro meses y durante ese tiempo me negué a escribir sobre ello. No es nada malo. claro está. Es más bien que no quería escribir sobre ese lugar, sino hasta cuando regresara. Pero el cuerpo lo pide y hay que hacerle caso al cuerpo de vez en cuando. Uno debe aprender, supongo, que no hay que apresurar el viaje o el regreso. Hay que disfrutar de su parsimoniosa velocidad. Creo que unos saben a qué me refiero. Y los que no lo saben, pues allí les va. Los meses más hermosos de mi vida, en cuanto a enriquecimiento de mi oficio, de mi nivel como crítico, de la amistad que uno le profesa al otro, del proceso de autoconocimiento y como viajero, los pasé en Córdoba, en la Fundación Antonio Gala. Allí conviví con 13 artistas de distintas disciplinas: pintores, músicos, escultores, poetas, narradores y fotógrafos. Vivimos en la misma casa, una casa enorme (con biblioteca propia, salón de actos, patio, talleres de escultura y pintura, un bunker, plaza para las charlas), esperando iniciar y cerrar uno de los proyectos que hasta la fecha yo considero ambiciosos pero necesarios: lograr la utopía de la colectividad sin que se anule ni uno ni el otro al llevarla a la práctica. Durante nueve meses intercambiamos ideas entre artistas, hablamos mucho, nos nutrimos uno del otro, bebimos, nos peleamos, como en un Gran hermano, cada uno defendiendo su postura sobre qué es la literatura, la pintura, la actualidad del arte, en sí. Y nos renovamos conforme vivimos.


Es extraño. Por primera vez en mi vida descubrí el concepto de auto-exilio, y cómo te mira el otro, el extranjero, en su propia tierra. Mejor dicho, por primera vez en mi vida gracias a esta oportunidad descubrí discursos distintos sobre la condición humana en un país ajeno a mí. Fue enriquecedor. El choque cultural y de léxico en un principio no fue conflicto, sino muro, que pronto se derribo con el constante movimiento y diálogo. La beca me dio también la oportunidad de viajar casi por toda España, en una furgoneta alquilada anduvimos por el sur y norte. Los miembros del patronato confiaron en mi trabajo y en mi desenvolvimiento como escritor, entre ellos, más que ningún otro, Antonio Gala.


Hay episodios hermosos que como seres humanos no quisiéramos borrar nunca de nuestra memoria, o de ese camino recorrido. Aun tengo presente todos los fines de semana. Después de haber trabajado en los días cansados (de lunes a viernes en la biblioteca, escribiendo, gozando de la escritura y luchando contra seres o demonios internos), los residentes de la casa sacábamos los sillones al patio de la charla, y nos poníamos a escuchar las piezas que Xabi nos tocaba en el piano, y comenzábamos a tomar un rico lambrusco, o bien, una cerveza Murphy, o a contarnos uno del otro. Hay también aquellas mañanas, en las que la campana anunciaba que el desayuno ya estaba puesto en la mesa del comedor, y la entrañable guitarra de Iñaki sonaba como una ligera melodía de buenos días.


Cada uno, aparte de ser miembros de un grupo, trabajaba en solitario. Podría decir que la biblioteca de la Fundación siempre fue mía, durante los meses que viví en Córdoba, pero no. Fue de todos, aunque yo siempre escribía a solas, por las tardes y las madrugadas. A veces bajaba Fernando (pintor) a preguntar qué tal iban esos cuentos. O me visitaba Taro (artista plástico) para intercambiar un poco de insultos xenófobos nunca dichos con saña y para preguntarme si podía escribirle un texto para su catálogo. Otras tantas también veía bajar a Julen (pintor) por las escaleras para dirigirse a mí, buscando las palabras más adecuadas que me hicieran romper amarras con la escritura para ir a dar una caminada al Puente romano. En esas caminatas llegamos arreglar el mundo del arte, de la situación del artista, con un derroche de afirmaciones y teorías, algunas veces con fundamento y otras sin. Después, ya a una hora alta de la madrugada, terminábamos en el mirador de la casa, mirando el hermoso cielo cobrizo de Córdoba y esas luces óxidas que nos regalaban los edificios andaluces.


Los lunes eran día de sorpresa. Siempre descubría los periódicos del fin de semana en mi escritorio. Eran un aliciente, mejor dicho, un regalo que me daba Auxi (subdirectora de la Fundación) para estar al tanto de México, de las novedades literarias y artísticas que había en Europa y para estar más enterado de lo qué sucedía en España, la crisis del ladrillo por la que pasaba, por ejemplo.


Córdoba me hizo enamorarme nuevamente de la poesía, de la amistad y ser más terco en mi oficio. Muchas veces he pensado, aunque en esto estarán algunos en desacuerdo, que para que un creador siga produciendo y tenga confianza en su trabajo, son necesarios terceros, los juicios y apoyo de terceros. Cosa que en México carecemos de ello. En Córdoba, a comparación de México, se me abrieron bastantes veces (y se me siguen abriendo aún) esas puertas, que después me han ido llevando a otras. Desgraciadamente en el mundo intelectual, tanto en el político, y quizá en todo aquel ambiente regido por jerarquías e intereses de poder, entendido como el control sobre los otros, solemos hacernos garras, trizas, destruirnos por razones tan mínimas siempre impulsadas por la soberbia o la envidia, y dejamos muy de lado, o ignoramos, que somos trabajadores de las humanidades.


Lo que le debo a este periplo, más que como escritor, fue el aceptar al otro, aprender del otro, ayudar al otro, impulsar al otro y levantarlo si es que nuestro impulso fue débil y no lo logramos proyectar. Aprender que las caídas de las personas que te rodean y estimas, también son nuestras caídas, y que toda amistad se reduce a eso: crecer juntos.
Muchos en México no están enterados de esta beca. No sobra dejarles el link de la página aquí para que le echen un ojo y se animen a pedirla. Córdoba nos espera.