miércoles, 10 de abril de 2013

Sobre A salto de mata, de Paul Auster




Hace apenas un mes recobré el hábito de comprar libros, libros físicos que se pueden leer y colocar en librero después de haberlos leído. Incluso Flor y yo fuimos a San Diego a conseguir una hermosa pieza roja de cinco paneles para poner por fin los pocos que me traje de Zacatecas y los otros tantos que ella trajo de la casa de sus padres, para por fin iniciar juntos la biblioteca.

Había tenido cerca de dos años que no volvía a comprar un libro. Leía gracias a la biblioteca de la universidad donde imparto clases o a préstamos que me hacían amigos después de una cena o reunión, incluso me descargaba uno que otro libro electrónico en la Kindle, porque después de la última mudanza me pareció más práctico tener en el dispositivo tecnológico la colección que volver a sufrir aquel cambio tan abrupto y triste de dejar en casa de mi hermano, en Zacatecas, los libros que fui comprando con los años, pues en el viaje sólo cabía en el carro lo necesario para iniciar una nueva vida en Baja California.

En la compra encargué por Amazon Una liturgia común de Joan Didion porque encontré buenas críticas sobre Noches azules, y pensé que era adecuado iniciar por sus primeras novelas y terminar con la más reciente. También encargué El año del pensamiento mágico, sin embargo no llegó el pedido, me reembolsaron el dinero y terminé leyendo únicamente la primera novela, que a la página 165 abandoné porque me colmó la paciencia. No es una obra mala, incluso tiene una edición tan bonita que uno podría ponerla en la sala como adorno. Es más bien que me he ido haciendo a la idea que tras el poco tiempo que uno tiene para leer y escribir nos volvemos selectivos. Es decir, si una novela no tiene lo que estás buscando como ser humano, es mejor buscar esa tan anhelada felicidad que mencionaba Borges en el acto de leer en otro libro. Fue así como volví a leer a Paul Auster, un autor que marcó mi juventud.

Con el dinero que me reembolsó Amazon fui a Gandhi, en los libreros de novedades encontré uno de los libros que se me había pasado leer hace años. Me refiero a A salto de mata de Paul Auster, que no son más que sus memorias de juventud, que recopilan el tiempo en que trabajó en un buque petrolero, los tres años que vivió en Francia como negro literario y traductor, y la breve estancia que vivió en Cuernavaca bajo el auspicio de una familia pudiente con la idea de que el joven Auster les ayudaría a reescribir una obra de teatro, cuando trabajó como traductor y editor de catálogos de arte, su primer matrimonio frustrado y, sobre todo, su vocación: una suerte de confesiones sobre el amor a la literatura y la entrega total al oficio que nos recuerdan a la prosa más sólida y persuasiva del autor de New Jersey. Me refiero a Moon palace y Leviatán, incluso El libro de las ilusiones: esa búsqueda de sus personajes por la felicidad, el defender la vocación ante la profesión o encontrar el antídoto, cura, lugar o persona que ayuda a resarcir el pasado, retomar sus vidas o simplemente llenarse de esperanzas.

Podríamos escribir también que A salto de mata es una novela a la que los críticos llaman de formación, como Retrato del artista adolescente de James Joyce, o The catcher in the rye, de Salinger, donde ambas la juventud es sinónimo de búsqueda, descubrimiento, asombro, pero sobre todo tenacidad en esa porfía por definir el camino de los personajes frente al mundo que los rodea. Una novela recomendable para todo aquel que ha empezado a andar por el camino sinuoso de la creación literaria.

sábado, 23 de marzo de 2013

El amor nos dio cocodrilos, reseña escrita po Lola Ancira




El libro está conformado por siete relatos, disímiles entre sí en cuanto a la problemática central pero siempre semejantes en cuanto a diversas temáticas, como la muerte, el dolor por la pérdida, los distintos trastornos mentales de los personajes y el asombro de lo desconocido o inesperado. El propio título crea una atmósfera que envuelve a todos los relatos, pues en todos ellos se encuentra un tipo de resultado inesperado y cruel de una unión que en principio parecería positiva o que usualmente resuelve sus problemáticas con ayuda externa, pero aquí todo se desarrolla hasta sus últimas consecuencias.

La narrativa, siempre en primera persona, es en partes de corte del realismo sucio y el papel de la ficción es tan ordinario o normal que se conjuga a la perfección con la realidad misma del espacio literario, fusión que crea un universo fantástico impactante y siempre posible, que se debate entre una creación verídica y un acontecimiento meramente onírico.

Para especificar más lo anterior, escribiré sobre cuatro de mis relatos favoritos del libro, empezando por el que le da el título a la compilación: El amor nos dio cocodrilos, en donde una pareja joven adopta un cocodrilo por hijo, que después de un tiempo toma características humanas como el habla, la maldad y los celos. Esto por supuesto no puede llevar a ningún buen término y el final de la historia es tan sorprendente como inesperado.

Continuar leyendo en De letras y maullidos. 


lunes, 11 de marzo de 2013

Raza de víctimas, de Édgar Adrián Mora Bautista



Édgar Adrián Mora Bautista (Puebla, 1976) es narrador de oficio e historiador por convicción. Ha escrito y publicado los libros Memoria del polvo (Premio María Luisa Puga de cuento 2005), Claves para entender Latinoamérica (México, Unión Radio/Lazo Latino, 2007) y El extraño caso de la definición pérdida (México/España, Vozed, 2012), entre otros libros inéditos que muy pronto, sin duda alguna, saldrán a la luz. Su más reciente obra, Raza de víctimas, es un e-book publicado por Vozed editorial digital. Reúne diez historias concatenadas por verdugos y víctimas igualados por la gloria, el amor, la felicidad y hasta la redención que algunas veces, lo crean o no, suele provocar la violencia.
Relatos ambientados en los suburbios, la morgue, una sacristía, universidades, bibliotecas incendiadas, azoteas de cualquier casa y zonas marginadas de una ciudad que bien podría ser el Distrito Federal, Raza de víctimas ofrece un narrador alineado a las filas de la mejor acidez de Jorge Ibargüengoitia y al realismo mexicano pura cepa de Enrique Serna. Sus historias rescatan los verdaderos acordes, guitarrazos estridentes de aquellos que vencen y son vencidos, pero también de aquellos que profesan el amor como si profesaran odio. Aquí no hay castigados ni verdugos. Aquí hay una raza de víctimas.
La estructura no es usual: se trata de un libro de relatos cuya columna vertebral está partida en dos. En ella convergen, ya sea por un objeto, guiño, personaje, y a veces hasta sólo por la idea de violencia, los relatos: “I am your mother”, “En qué cabeza cabe” “Gemelos” “El corazón de los condenados” y “Presionar el botón”, cuyo hilo conductor es retratar, y sobre todo reflexionar, en algunos de los temas elementales que vive no sólo nuestro país, sino también Latinoamérica.
Me refiero a los hijos autistas, sosegados y enteleridos por el Gameboy, que Mora Bautista los presenta como productos insanos de parejas que pensaron que hacer una vida en matrimonio es amar al otro renunciando a amarse a sí mismos (“I am your mother”); esos retoños siniestros, estudiantes de primaria, suelen masticar sus dudas y llevarlas al extremo, como si de comer dulces se tratara, hasta matar a un gato por mero experimento (“En qué cabeza cabe”). Pero también hay en este libro niñas que se enfrentan con la violencia visual que merodea las páginas Web, y su vida, sin duda, cambia al “Presionar el botón”. Así como hermanos (“Gemelos”) que son desunidos por los azares de la vida y los caprichos de una madre, ensimismada, peleada consigo misma, y unidos por la muerte.
La segunda parte de este libro es más humana, en el sentido de que las preocupaciones de Édgar Adrián al explorar cómo actuamos con base a la violencia se ciñen favorablemente a nuestra realidad inmediata y, posiblemente, rinden justicia aún más al título del libro. Pues su escritura se inclina no sólo por la perfección de las tramas, sino también por trastocar el mundo del lector y a remover sus fibras sensibles.
Aludo al relato “Jugar con fuego”, donde una parejita de tordos consagra su amor con sangre y saliva, golpes y sudor, lágrimas y besos, como si querer a alguien significara entregarse hasta que el cuerpo aguante. Tal como nos lo canta Andrés Calamaro: “Porque jugando con fuego/ Puede ser que te lastime/ Puede ser que sufra un poco y nos quememos los dos”. Una joya.
En esta segunda parte también leemos la historia de un corrector de estilo, cuyo crecimiento académico se ve salpicado de incidencias (caso común en las rancias universidades mexicanas) por Vaca Sagrada, su asesor de tesis. El final de este “Ajuste de cuentas” nos hace creer que el karma, aunque es tardado, existe y a veces se nos revela como una sonrisa de la vida. Un regalo.
Sin embargo, si me preguntaran qué relato me gusta más de esta segunda parte, y sobre todo de este e-book, no dudaría en responder: “Retorno a la ceniza”, una pieza narrativa que también está publicada en la antología de relato De los traumas del mundillo literario (Vozed Editorial, 2012).
El relato parte del autoexamen personal de Víctor, un profesor al que lo agotan sus fracasos (guiño que nos evoca la buena literatura de Paul Auster, como El libro de las ilusiones y hasta Moon Palace), como el amor frustrado, la pérdida de su novia Claudia por culpa de una dictadura latinoamericana, sus muertos, vejaciones militares y desaparecidos, sus formas más crueles de demostrar a los sublevados que revolución equivale a equivocación y hay que cuadrarse o ser víctima de castigos inimaginables. 
El auto sabotaje de Víctor lo lleva a esa crisis tan común en cualquier escritor que guarda sus manuscritos sin rumbo en un cajón, al no lograr ser lo que tanto buscó o deseó ser, y a sentirse inútil en su oficio como maestro y para sus alumnos, una especie de seres con futuro truncado. Esto lo motiva a prender fuego a su propia biblioteca, su patria, el camino recorrido, como si las llamas fueran la cura, la redención, de lo no hecho:
Estaba flotando en un lugar y en un tiempo en el que los sonidos habían dejado de significar. Se preguntó si era posible que Angélica no hubiera sufrido. Si acaso su padre había tenido razón al afirmar que no tendría futuro (como escritor). Pensó si sus estudiantes no eran más que unos maniquíes sin sangre en las venas (…) Nunca se preguntó si había sido un buen escritor. Era algo para lo que no había respuesta, sonrisa, lágrima o lamento. Cerró su cuarto y se arrojó sobre la cama hecha. Se dispuso a dormir.
Raza de víctimas pueden encontrarlo en Amazon o Smashword. Su formato electrónico nos sugiere que las nuevas tecnologías de la comunicación no están reñidas con la literatura, mucho menos con relatos de buena calidad, como lo son los de Édgar Adrián Mora Bautista. 

lunes, 4 de marzo de 2013

Río Grande Review




La revista de Literatura & Artes Río Grande Review, de la Universidad del Paso Texas (UTEP), publica mi relato "Los que vigilan", en su número Fall 2012-Spring 2013. Se trata de un ejemplar precioso, de más de 350 páginas, que contiene poesía en inglés y español, al igual que relatos de hispanoamericanos y norteamericanos. También podrán ver y leer un dossier de poesía y narrativa visual, que nos invita a explorar las temáticas y las apuestas que estos géneros proponen. 

Al lado de mi relato está el del escritor argentino Horacio Convertini, (recomendable) y un poema del peruano Isaac Goldemberg. En la parte del dossier se destacan textos de Alejandro Thornton, Felipe Cussen, Julio Restrepo, entre otros. La revista puede conseguirse en USA, sobre todo en Texas. En cuanto me entere de que está a la venta en México, pasaré la voz.

En cuanto a "Los que vigilan", se trata de una pieza narrativa que forma parte de mi libro Rojo semidesierto, que escribí en la Fundación Antonio Gala durante 2008-2009, en Córdoba, España. Su trama son los conflictos que pasa un padre de familia que trabaja como vigilante en una casa de seguridad donde esconden y desaparecen a las personas que secuestra el crimen organizado. Los invito a conseguir este ejemplar y de paso a leer mi relato. 

Para conocer más de la revista y sus autores, da clic aquí. 

jueves, 21 de febrero de 2013

El amor nos dio cocodrilos, de Joel Flores



Joel Flores es un escritor zacatecano, autor de El amor nos dio cocodrilos, colección de cuentos en la que el desorden mental, la traición y lo fantástico construyen el punto de fuga que lleva la mirada del lector. Su obra ha aparecido en diversos medios, tanto electrónicos como impresos. Uno de los cuentos que aparece en esta colección, El Visitante, apareció hace algún tiempo en esta revista. El libro puede ser adquirido por vía electrónica desde Amazon para ser leído en cualquier e-reader compatible, dejaré al final de esta entrada las ligas en las que pueden leer el cuento y comprar el libro.
La primera historia es la que da nombre al libro, en el que una pareja incapaz de tener un hijo adopta a un cocodrilo robado de un zoológico. Lo que al principio parece la piedra de toque que podría asegurar la felicidad de la pareja, tiene como consecuencia un conflicto edípico de proporciones monstruosas. El cocodrilo y el padre compiten por Zam, la esposa y madre.
La segundo relato es “Niño superhéroe”, una historia que alude el surgimiento del mal. ¿En qué punto alguien decide hacer daño al otro? ¿En qué podría tener origen el deseo de herir, de lastimar? El protagonista es Pongo, un niño en sexto año de primaria que gracias a la burla y el maltrato de sus compañeros de clase ha debido refugiarse en una ficción que le permite enfrentarse a lo real. Pongo se convence de que es un superhéroe con poderes especiales. De esta forma puede a la vez racionalizar las agresiones de que es objeto, pues los superhéroes no son comprendidos por las personas normales, y encontrar fuerza para seguir en el mundo, pues él es especial, vale más que ellos y tiene herramientas para enfrentarlos.

miércoles, 20 de febrero de 2013

El visitante*




Para Flor Cervantes, por supuesto.


Mateo lo encontró en el bosque. Lo trajo a casa porque se veía débil y el invierno terminaría matándolo. Nadie más iba a darle ayuda, por su aspecto y porque esta cabaña es la única en todo el lugar. Esa noche cenamos sopa y liebres asadas. El extraño comió desesperado, sin siquiera voltearnos a ver cuando lo hacía. Tenía los colmillos desencausados y abría la boca como un sapo al morder los alimentos.

Mateo le ofreció asilo y prometió llevarlo la mañana siguiente al final del camino. No era la primera vez que alguien se perdía en el bosque mientras la guerra terminaba. Durante lo que iba del mes, los ecos de los fusilamientos masivos resonaban afuera de la cabaña. La mala puntería de los milicianos hacía que algunos presos se dieran a la fuga y llegaran aquí con hambre y sed.

Me contuve a contradecir la decisión de Mateo, a pesar de que el extraño me atemorizaba. Su silencio y su mirada eran una esfera de acero que lo aislaba de su entorno.

Antes de ir a la cama, limpié la mesa para poner la fruta en el centro y las codornices, que comeríamos la mañana siguiente, entre plantas y especias para que se conservaran frescas. Mateo le pidió al extraño que le ayudara a cortar madera. Después ambos llenaron de leños la chimenea.

El bosque se vio hundido en la noche. El fuego de la chimenea comenzó a darnos calor y a alumbrar. Afuera, el viento se desató de manera rauda y su sonido se combinó con la lluvia. Las gotas golpearon con fuerza las ventanas, como si quisieran penetrar los cristales, el techo.

Continuar leyendo en La hoja de arena, revista de literatura.

*Este cuento forma parte de mi libro El amor nos dio cocodrilos, publicado por Vozed editorial digital.

martes, 19 de febrero de 2013

Ideas sobre el cuento, según Joel Flores



Esta colaboración fue extraída del blog de Israel Pintor. En ella se me hace una entrevista, vía Messenger en 2007, acerca de la literatura y su creación. Podría decirse que algunos de los argumentos vertidos en ella representan, en parte, las ideas que ayudaron a escribir los cuentos de mi libro El amor nos dio cocodrilos. Comparto el texto para los lectores de ambos espacios.  

Presento, a continuación, las ideas más representativas sobre el cuento y su escritura, expresadas por Joel Flores en 2007, a petición de entrevista, con la finalidad de obtener su colaboración en Los suyos y los nuestros, el cuento mexicano, exponentes y evolución, tesis de licenciatura con que me gradué. La entrevista, de la que se desprenden las siguientes ideas, fue realizada junto con Carla Hinojosa.

“Percibo el cuento desde la perspectiva chejoviana que propone ver el cuento como el brillo de la luna reflejado en una cuenca de vidrio. Lo que halla a su alrededor no importa, lo que importa es la captura del instante.”
“El cuento tiene como finalidad contar una historia apostando por la fabulación. Con el cuento se puede experimentar de múltiples maneras, pero lo que siempre importa, y eso lo aclaran clásicos como Calvino, es la concisión y la velocidad con que se maneja.”

“El cuento es un género en constante movimiento: en México se sigue experimentando  con la manera de contar la historia, con los temas, con la intertextualidad (presente en la generación de los 70), la metatextualidad.”

“No me parece que el microrrelato sea resultado de un experimento, tampoco creo que sea un ejemplo de la flexibilidad que el cuento tiene. En este momento recurro a las teorías contazarianas expuestas en `Paseos por el cuento; el microrrelato no llega a ser más que una imagen poética. Si vemos el cuento como una pompa de jabón: redonda, perfecta, brillante, traslucida, caeremos en cuenta de suponer al microrrelato como sólo un destello de esa pompa de jabón.”

Continuar leyendo en el blog de Israel Pintor.

Raros rituales de escritura



Detrás de todos los textos del mundo, escritos por narradores o críticos literarios, existe una suerte de rituales y azares que son utilizados, intencional o inconscientemente, por los escritores para culminar su trabajo. Unos se aventuran con brújula en mano para que su periplo no naufrague en ningún momento y cada línea, cada idea que están escribiendo, sea la ola mansa que converge con la otra y así su viaje sea viento en popa. Otros sin brújula en mano ni cualquier plan de viaje se lanzan al periplo y suelen encontrar el rumbo de su texto cuando el barco está a la deriva o se halla perdido en altamar. Pero al final, sin embargo, corren con suerte y las aguas los regresan a Ítaca más llenos de gracia y aventura que Constantino Kavafis.
Uno de los cuentistas más representativos de USA como John Cheever, menciona Ray Loriga en Días aún más extraños, solía vestir traje todos los días antes de salir de casa a dejar a sus hijos en el colegio. En la puerta del plantel educativo se despedía de ellos diciéndoles: “me voy a la oficina”. Y en un cuartillo cercano que rentaba por un precio accesible, se quitaba el traje y se ponía a escribir, toda la mañana, frente a su escritorio. Cuando llegaba la hora de volver por sus hijos, se vestía de nueva cuenta el traje y salía aprisa por ellos. El ritual de Cheever siempre me ha gustado compararlo con el de cualquier superhéroe que cambia de vestimenta para ocultar su identidad mientras entra en acción, pero en el norteamericano sucede de forma invertida: viste un traje de oficinista fuera de su área de trabajo para hacer que sus hijos lo vean como un asalariado elemental, y para nada como un escritor que intenta conquistar el mundo con sus relatos que escribe por las mañanas, desnudo.
Continuar leyendo en Vozed, revista electrónica de literatura y pensamiento.

El amor nos dio cocodrilos: cuentos que no se escaman



Como un reptil, este libro se fue gestando de a poco. Alimentándose de lecturas, correcciones, erratas, incertidumbres. Y más correcciones, más lecturas, hasta alcanzar la talla adecuada. Desciende dinosáuricamente –por lo distante- de la tradición clásica del cuento instalada por Poe, coquetea descaradamente con la propuesta cortaziana de la narración hasta parir el suspenso, los escenarios y a personajes hermanados a aquellos producidos por la imaginación rulfiana de Amparo Dávila.

En el cuento que da nombre al libro encontramos una pieza que combina lo mismo la ternura que el desamor, el  anhelo con la incertidumbre. Pero en sí, el texto es un replanteamiento rotundo de las convenciones sociales. Dudas que reflejan el carácter de ambos personajes, cada uno más ensimismado que el otro conforme el relato avanza. Parten de sí mismos (“El aborto de Zam sucedió en los años de la preparatoria. Ella me ocultó que el bebé era mío […]. Nos distanciamos un tiempo, ella lo pidió”) y tres años después se rencuentran, tan solo para comenzar a separarse totalmente, para perderse cada quien en su vida, sus deseos, sus anhelos.

Empuercar el lenguaje


Joel Flores es un escritor. Esa oración simple encierra, sin embargo, una verdad de la que no cualquiera puede presumir. En El amor nos dio cocodrilos, su ópera prima, demuestra una capacidad creativa suficiente para animarnos a seguir leyendo hasta que la última página aparece en el lector electrónico. Flores le ha apostado a la publicación en e-book, pero no sería del todo raro que este conjunto de cuentos vea la luz en formato impreso. Hay muchas cualidades en la prosa del zacatecano, cualidades que han madurado a lo largo del tiempo y que nos previenen del arribo de una voz narrativa que encontrará, tarde o temprano, a sus lectores ideales, aquellos que esperarán con ansiedad lo que brote de su imaginación.

Conocí a Joel en 2007 en San Luis Potosí. Ambos estábamos tallereando cuentos con el maestro David Ojeda. Al igual que el bebé cocodrilo que aparece en las primeras páginas de este volumen, tuve la fortuna de ver la gestación y los primeros pasos de esta obra. El autor venía con una inquietud por trabajar con la idea de “lo extraño”, un elemento que prevalece en la obra de, por ejemplo, Ámparo Dávila, una escritora por la que Flores siente una admiración especial. Y no es para menos, lejos de los reflectores e, incluso, de las listas canónicas, Dávila es una de las autoras “raras” que de manera no tan frecuente aparecen en la literatura mexicana. Debo decir que el joven zacatecano consigue honrar la admiración por la escritora. El amor nos dio cocodrilos es una obra que orbita, se inmiscuye y parafrasea no sólo a Dávila, sino a varios autores relacionados con el ambiente y el ejercicio de imaginación que implica desarrollar la idea de lo extraño.



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